Domingo, 22 Octubre 2017 17:06

Pasar el Puente

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Es San Antonio del Tachira frontera con Colombia y la actividad está en desarrollo. Lo que antes eran arterias viales con tráfico vehicular, hoy se muestra como ventas desesperadas entre el caminar aligerado de todos los transeúntes y de los que vienen para cruzar la frontera. Bienvenidos a uno de los pasos fronterizos más fluido de américa del sur. Septiembre 09 del 2017, 7: 45 de la mañana y las calles están colmadas.

Hace meses que la frontera está cerrada pero el ir y venir de los venezolanos está a tope. Y la travesía apenas comienza: de entrada, los guardias nacionales hacen las requisas de rigor y las personas obedecen la cola que les permite fluir por el carril de la derecha. Abrir el bolso y enseñar lo que se lleva es tarea obligatoria, si la maleta es grande te dicen “A la derecha por favor” y si es pequeña o no llevas nada con un movimiento de rostro te indican que puedes continuar.

 

 

Y ahora es cuando el paso fronterizo empieza a tomar forma, a la derecha un nutrido grupo de personas con sus grandes equipajes esperan desesperados que se les selle el pasaporte, se ven desordenados pero seguro cada cual sabe el lugar que ocupa en la larga cola. Estos son los que viajaran sin fecha de retorno al país de sus orígenes. Para ellos entre los arbustos de la plaza y el viento que corre se escucha el grito confundido y diverso de: “Carreta a la Orden”, “Carreta, carreta”. Estos, por su parte, son jóvenes en su mayoría de piel morena que trabajan cargando los equipajes abultados de los peregrinos venezolanos que abandonaran el país sin saber cuándo regresaran.

 

Otros, apostados a los lados de la vía ofrecen “café y cigarros”, “pasteles y agua panela”, cuando se escucha lo que brindan se confunden los dialectos de todas partes del país. Han venido hasta la frontera buscando los beneficios que ofrece el cambio monetario, aun cuando las comodidades para establecerse sean precarias. El pavimento se calienta con los rayos del sol que fuertemente iluminan el puente que comunica ambas naciones; la procesión de venezolanos obedece el paso de los peatones y la marcha continúa. Ninguno observa para atrás, el frente es el norte, el objetivo y la meta temprana. Con gorras algunos, otros con gafas oscuras, las señoras arrastran pequeños carros y bolsa incluida que regresaran con artículos de la cesta básica. En tanto, otros cargan sus pertenencias a pulso sin ni siquiera detenerse a descansar. Algunas señoras llevan a un niño entre sus brazos, el pequeño llora por la fatiga y el calor y el resto de la gente camina aligerada teniendo lo que es suyo y dejándose acompañar por los conocidos.

 

Entonces aquellos cuerpos cansados llegan a la mitad del puente lugar de la raya divisoria; algunos se distraen observando las aguas curtidas del rio y el tibio verde de la vegetación. La multitud por si misma forma un embudo humano que permite ser el último paso antes de entrar al vecino país. De uno en uno llegan ante las autoridades de control fronterizo colombiano, que con un saludo educado y tempranero piden que se les enseñe la cedula y el carnet fronterizo. Es un clima de calor; el sol candente ya produce bochorno y los caminantes secan el sudor de sus frentes mientras atraviesan las vallas colocadas para la supervisión de los emigrantes.

 

Y así al atravesar este último punto, ya está: Bienvenidos a Colombia. Nadie lo grita ni lo celebra, ninguno se preocupa en mostrar cierto gesto alegre o de efusividad. Pero, tanto los que van a regresar en el mismo dia como para aquellos otros que pasan dejando lo que aman albergando la esperanza de algún dia regresar; saben que al pasar el límite hay algo que empieza a cambiar. Lo saben cuándo los oficiales de seguridad colombianos saludan educadamente mientras observan el éxodo de los venezolanos, lo saben cuándo los taxistas ofrecen traslados rápidos hasta Cúcuta los Patios y Villa del Rosario, mientras los dueños de buses “para donde va, patrón” y al grito “pasaje directo Bogotá, Ecuador, Perú directo”. En tanto, otros jóvenes incluso venezolanos ofertan dulces en La Parada, gritan en la mitad de la calle “se compra cabello” o “tinto, tinto a la orden”.

 

Al final de la travesía cada quien se dispersa buscando su cometido, se pierden entre las casas de cambio y los locales de venta rápida. Se disgregan quizás diciendo como la canción: “que triste se escucha la lluvia en los techos de cartón”, las madres toman los niños en sus manos, y los abuelos esperan la ayuda de los carretilleros. Y ante la pregunta rápida ¿Qué siente al pasar el puente? Se asombran, y responden: rabia, tristeza, nostalgia, frustración, cansancio. Otros entre risas advierten desaliento, preocupación y desanimo.

 

Pasar el puente no es nada normal, es una verdadera historia llena de detalles que se recrea en cada uno de los venezolanos que se dispone rebasar la frontera. Es una historia que se repite cada dia desde la mañana hasta la noche. Al final pasar el puente es un poquito de luz en medio de tanta oscuridad. Un norte con otros actores, pero al fin norte, lo que significa esperanza que es justo lo que ahora debemos conservar.

 

Yosmer Lanzabal

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Modificado por última vez en Domingo, 22 Octubre 2017 17:06

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