Sábado, 01 Julio 2017 13:43

¿Cómo llevar una vida nueva? Destacado

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San Pablo nos enseña cómo por el Bautismo somos introducidos en el camino de la Vida Nueva. Para ello, en la Carta a los Romanos, nos señala  que hemos sido incorporados a Cristo Jesús por medio del bautismo. Con este sacramento se realiza una profunda transformación interna en cada uno de los creyentes: entonces se comienza a vivir y caminar por la vida nueva. Esta no es otra sino la salvación, que conlleva el habernos convertido en hijos de Dios Padre.

 

La incorporación a Cristo Jesús es una realidad pascual: es decir, nos identificamos con Cristo Resucitado. Por eso, enseña el Apóstol que hemos sido sepultados en la muerte de Cristo y hemos resucitado a la vida nueva. Ser sepultados en la muerte es un acto importante, pues supone como gran efecto la liberación de todo bautizado. Liberación del pecado y sus consecuencias. Pero, a la vez, liberación que conlleva la luminosa realidad de la resurrección.

En varias ocasiones, Pablo nos advertirá acerca de esta realidad sacramental que transforma nuestras existencias: si vivimos identificados con Cristo, seremos capaces de participar en su Reino de salvación. Si morimos al pecado estaremos identificándonos con Él en su muerte redentora. Por eso, él mismo nos enseña: “Lo mismo ustedes considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

Ahora bien, esto no es nada simbólico. Es una realidad que se vive. De allí que quien es bautizado comienza a caminar por las sendas de la vida nueva hasta el encuentro definitivo con Dios Padre en la eternidad. Durante la vida terrena del creyente, éste debe siempre manifestarse como muerto al pecado y liberado por la Resurrección. Y es algo que se debe manifestar en todo tiempo y lugar.

El Evangelio nos va brindando los criterios con los cuales se debe ir asumiendo esta realidad marcante del bautismo y de la vida nueva. Es con el mandamiento del amor, sobre todo como nos presentamos ante el mundo identificados al Cristo de la Pascua. Es con la realización de las bienaventuranzas como podemos demostrar que de verdad estamos en sintonía con Jesús. Es con su Palabra y con su Eucaristía, como podemos fortalecernos para ser testigos vivientes de esa vida nueva. Esto conlleva hacer una decidida opción por Dios: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…quien no toma su cruz y me sigue no es digno de mí”. La opción por el seguimiento de Jesús es radical: “El que salve su vida la perderá, y el que la pierda por mí la salvará”.

Seguir a Jesús tiene, desde el bautismo, la gracia de ser “hijo de Dios Padre”. Por tanto, ha de demostrarlo, en su caminar de vida nueva, con la caridad abierta a todos los seres humanos. Debemos recibir a todos porque, al hacerlo, recibimos al mismo Jesús. Y sin distinción de ningún tipo., Más aún, es algo que se debe hacer con una especial preferencia a quienes son más débiles y pequeños en la sociedad: “Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa”.

En medio de las inmensas dificultades de la hora actual en el mundo y, particularmente en nuestro país, los cristianos bautizados debemos dar señales claras de nuestro caminar por la vida nueva. Es fácil dejarse llevar por las tentaciones de un pietismo anquilosante. Pero quien de verdad ha sido incorporado a la muerte del Señor y resucitado con Él, de seguro hará mucho más de lo que se puede imaginar, pues estará siendo servidor y testigo de la auténtica liberación, la que produce la libertad de los hijos de Dios.

 

+Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal

 

 

 

Modificado por última vez en Lunes, 03 Julio 2017 22:21

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