Viernes, 28 Abril 2017 14:00

Emaús

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El relato evangélico de los discípulos de Emaús es altamente rico en ideas y enseñanzas. Generalmente es muy empleado en meditaciones y retiros espirituales. La Liturgia pascual lo hace suyo en varias ocasiones: tanto el primer domingo de Pascua por la tarde como el tercer domingo de este ciclo litúrgico. En él nos encontramos con unos protagonistas desalentados por el aparente fracaso del Maestro; el caminante extrañamente desconocedor de los acontecimientos de Jerusalén y luego los demás hermanos a quienes los discípulos de Emaús les narran lo que les aconteció.

El relato gira en torno a dos momentos de “asombro”: uno de ellos, el primero, es un asombro de extrañeza de dos hombres que parecen sentir la debilidad de su fe, ante quien no conocía lo ocurrido el viernes anterior, la muerte de su guía. El segundo momento de “asombro” manifiesta el re-descubrimiento de la fe: reconocen quién es el que cena con ellos al partir el pan; entonces se dan cuenta del ardor de sus corazones en la medida que iban conversando con el desconocido, quien resultó ser un experimentado conocedor de las Escrituras. El “asombro” lo comparte con sus hermanos, al regresar rápidamente a Jerusalén. Entonces todos experimentan un fruto de la Resurrección: la comunión. Es una comunión en la fe, pues todos ya aceptan que el Señor se ha aparecido en varias ocasiones a hermanos y hermanas, discípulos de Jesús. Todos confiesan su fe pascual, pues verdaderamente ha resucitado “su” Señor.

El relato, rico en expresiones literarias, encierra todo una enseñanza que se va a convertir en una especie de “proyecto de vida”. Lo importante de la fe de un cristiano es lograr que se dé el encuentro vivo con Jesús. Lo intuyen aquellos discípulos y, entonces, le invitan a permanecer con ellos: “¡Quédate con nosotros pues anochece”. Si bien se trata de una invitación muy cordial y de hospitalidad para resguardarlo de los peligros de la noche, esa expresión insistente es la puerta de entrada para otra auto-revelación del Señor: lo reconocen en la fracción del pan. Por supuesto, que dichos discípulos debieron haber conocido el discurso de su Maestro y, probablemente, habrían participado en la Cena de la Pascua donde se instituyó la Eucaristía. El sentir el ardor de los corazones mientras compartían la Palabra en el camino, es, sencillamente, una muestra de cómo al Maestro lo podían reconocer desde sus propios actos y su propia Persona. Es así como en el encuentro más íntimo con el compañero de camino lo pueden ver con fe u amor de discípulos.

El retorno apresurado a Jerusalén, con deseos de comerse pronto el camino recorrido, no era para rivalizar o para decir que eran unos privilegiados. Era el deseo inmenso de compartir su experiencia. El evangelista no habla de mayores detalles, sino de cómo los que estaban en Jerusalén les compartían la experiencia de las apariciones. Es el dinamismo de la fe que se quiere compartir, principio evangelizador que debe mover la creencia de todo discípulo del Resucitado. Curiosamente, el evangelista se refiere a Jesús por última vez en el relato con un término aparentemente contradictorio: si le habían invitado a quedarse, ¿por qué desapareció? No hay sino una sola explicación. En el fondo el Señor ya no iba a faltar más, no iba a “desaparecer”, pues se estaba apareciendo a los discípulos. Cada aparición se parece en dos elementos: no hay estruendos ni fanfarrias, sino el acompañamiento del resucitado a quienes estaban desconsolados; pero, a la vez, la aceptación, llena del “asombro” de la fe… no porque dudaran, sino porque estaban maravillados. Maravillados significa, en este contexto de las apariciones del Resucitado, que comenzaban a terminar de abrir sus ojos para poder ver (creer) la gloria del Señor.

La riqueza inmensa de este relato se amplía o engrandece cuando uno puede meditar e interpretar los diversos textos de las apariciones del resucitado. Pero, podemos detenernos en tres elementos que nos pueden ayudar en la contemplación de este episodio pascual. Uno primero es la lucha entre el desconsuelo y la fe: ¿cómo podría haber pasado esto? ¿Cómo pudo haberse ido el Maestro en una forma tan cruel como fue su pasión? Era verdad que Jesús se los había anunciado… pero todavía sus ojos no se habían abierto a la realidad pascual de su Maestro. Sin embargo, es desconsuelo pero no duda; es interrogante mas no abandono; es desconcierto, pero aún queda la esperanza. Es algo que sigue sucediendo a muchos creyentes a lo largo de la historia.

Para vencer esta situación, más que buscar al Señor, el relato lucano nos indica que, como siempre, la iniciativa viene de Dios. En este caso del Resucitado. El vuelve a hacer lo mismo: les explica y da su Palabra, hasta el punto que les conmueve. Dicha conmoción espiritual va a llegar al culmen cuando lo re-conocen en la fracción del pan. Jesús no tiene que inventar nada nuevo; ni siquiera argumentos distintos ni pruebas acerca de su resurrección. Eso lo harán posteriormente los teólogos. El Maestro se acerca y se da a re-conocer: y, entonces, se da el encuentro. Este es aprovechado y disfrutado al máximo por los discípulos.

Y, a la vez, no se quedan encerrados ni pasmados. Hay muchas personas que dicen tener experiencias religiosas, buscadas por ellas mismas. Eso no `producirá ningún fruto. Es el Señor quien toca el corazón y abre las mentes para ser aceptado. Pero, por otro lado, quienes tienen esta experiencia, sin pretender creerse más que los demás, corren a anunciar que han visto al Señor y lo han reconocido en sus actos de Resucitado.

La Iglesia, al proponernos este texto para la Liturgia y la meditación nos está indicando que debemos tener la misma actitud de aquellos caminantes hacia Emaús: abrir las puertas, no cerrarlas, para que la invitación al encuentro con su Señor vuelva a reiterar el “¡Quédate con nosotros!” de aquella tardecita. Esto supone el riesgo de la fe y el dejarse tocar por su Palabra y por su presencia amorosa. La misma Iglesia nos invita a hacer lo que aquellos discípulos hicieron: no se quedaron callados, sino que salieron al encuentro de todos para poder anunciarles el hecho maravilloso de haberse encontrado con su Señor, el Resucitado.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal.

Modificado por última vez en Sábado, 29 Abril 2017 14:41

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