Lunes, 24 Abril 2017 20:44

Monseñor Ubaldo Santana: Coloquemos a los pies de la Divina Misericordia a todo el pueblo venezolano Destacado

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Mensaje del Arzobispo de Maracaibo con motivo del domingo de la Divina Misericordia 2017  La Misericordia del Señor es Eterna

Hoy nos hemos reunido, como los primeros apóstoles, ocho días después de la Pascua, para glorificar y bendecir todos juntos, “a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su gran misericordia porque al resucitar a Jesucristo de entre los muertos, nos concedió, renacer a la esperanza de una vida nueva” (1Pe 1,3-4).

Este año damos particulares gracias al Señor porque la celebración de este domingo de la Misericordia, con su prolongado tiempo de adoración del Santísimo Sacramento, las numerosas confesiones sacramentales, la multitudinaria procesión con la imagen de Jesús de la divina Misericordia y la Eucaristía de cierre, está llegando a su vigésima edición. Este año bendecimos al Señor por este gran don para nuestra Iglesia, con la presencia de la imagen de Nuestra Señora de Fátima, con motivo del centenario de sus apariciones en Fátima, Portugal.

El Santo evangelio según San Juan, que acabamos de escuchar, nos narra la primera manifestación de Jesús a sus apóstoles, la tarde misma del día de su gloriosa resurrección. El evangelista destaca tres gestos del Señor: se hace presente en medio de sus apóstoles; les da su paz y les muestra las llagas de sus manos y costado. Con su presencia el Señor disipa el miedo que acogotaba a su pequeño rebaño y en su lugar colma sus corazones de una inmensa alegría.

Al mostrarles sus llagas, les hace entender que el crucificado y el resucitado son la misma persona. ¡El crucificado ha resucitado! El Resucitado ha vencido la muerte. Su cuerpo ya no lleva las cicatrices de los golpes, latigazos y torturas que inhumanamente le infligieron, pero conserva las llagas de los pies, de las manos y del costado, para dejar clara su identidad y para revelarnos hasta donde fue capaz de llegar en su amor extremo por la humanidad.

Las marcas del crucificado resucitado son el grito eterno del amor redentor de Dios. Su costado abierto es la puerta por donde toda la humanidad tiene acceso a su infinita misericordia. El agua y la sangre que brotaron de su corazón, por el lanzazo del centurión, representado en el cuadro de Santa Faustina con rayos de distintos colores, es un manantial de vida con suficiente potencia para acabar con todas las muertes, eliminar todos los males del mundo, perdonar todos los pecados habidos y por haber que los hombres podamos cometer. ¡Si, la misericordia del Señor es eterna y su amor no tiene fin!

Junto con la paz y la alegría, el Resucitado trae consigo otros dones. Abiertos nuevamente los corazones a la gracia, Cristo inicia con ellos una nueva creación: les entrega una formidable misión: la de reconstruir el mundo y las relaciones humanas sobre el fundamento de la paz. “La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado así los envío yo”. Para llevar a cabo tan formidable empresa es necesario que expulsen los miedos que paralizan a los seres humanos y los vuelven cobardes y transformar de raíz las relaciones humanas con la fuerza del perdón y de la reconciliación. “A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados y a quienes no se los perdonen, les quedarán sin perdonar”.

El cumplimiento de este mandato misionero, estará plagado de pruebas y dificultades A los apóstoles les esperan grandes pruebas. San Lucas las narrará en el libro de los Hechos de los Apóstoles: el mundo los odiará, serán amenazados., perseguidos, arrastrados ante tribunales, encarcelados, Pero nada detendrá a los apóstoles del Señor, porque ya están seguros de que el Señor está siempre con ellos y los llena de la audacia y valentía del Espíritu Santo. Por eso llegarán con su mensaje hasta los últimos linderos del Imperio romano.

Años más tarde, Pedro en su carta, les pedirá a las nuevas generaciones de cristianos la misma fe, la misma entereza, la misma alegría en medio de sus tribulaciones: “Alégrense aun cuando ahora tengan que sufrir un poco por adversidades de toda clase, a fin de que su fe, sometida a la prueba, sea hallada digna de alabanza, gloria y honor, el día de la manifestación de Cristo”.

Esa misma fe, esa misma audacia, esa misma fortaleza ante las pruebas, esa misma alegría en el anuncio fuerte del evangelio de Cristo es la que se nos está pidiendo hoy a todos los bautizados de esta arquidiócesis y a todos los venezolanos. A nosotros también puede asaltarnos el miedo o invadirnos la tentación de fiarnos tan sólo de nosotros mismos, de nuestras convicciones, ideologías o creencias.

Para romper este cerco del Mal, de las fuerzas malignas que se han apoderado del corazón y de la mente de los que nos dirigen, renovemos hoy nuestra fe en la presencia de Cristo Resucitado en medio de nosotros. Él nos dice: ¡Confíen en mí, confíen en mi misericordia! ¡Yo he vencido el mundo! Oremos intensamente para que el soplo de su Espíritu nos libere de la esclavitud de nuestros miedos, nos ponga de pie y nos haga portadores de alegría y esperanza, de misericordia y de compasión. Solo así llegará la paz que tanto anhelamos.

Mis queridos hermanos y hermanas, coloquemos esta tarde a los pies de la Divina Misericordia presente en esta Eucaristía a todo el pueblo venezolano, particularmente al Presidente, y a los demás órganos de los poderes nacionales para que cumplan los acuerdos a los que llegaron en la mesa de diálogo anterior: devolverle a la AN todas sus facultades soberanas, liberar todos los presos políticos, abrir canales humanitarios para que el pueblo no siga pasando hambre ni careciendo de medicina, convocar a las elecciones previstas en la Constitución Bolivariana.

El cumplimiento previo de estos acuerdos ha de considerarse como una condición fundamental para darle seriedad y credibilidad a cualquier otra convocatoria a una nueva ronda diálogo nacional. Además de ello, las autoridades competentes deben controlar las fuerzas militares y paramilitares, para que cese la represión contra las manifestaciones pacíficas que en estos días se están llevando a cabo en el país. En este sentido vaya nuestra palabra de solidaridad con todas aquellas personas que han sido objeto de maltratos e insultos, como los cardenales Jorge Urosa y Baltazar Porras, y a todos lo que de una manera u otra han recibido lesiones y hasta la muerte. A estos últimos encomendamos a la santa misericordia de Dios.

El Libro de los Hechos al presentarnos la primera comunidad cristiana de Jerusalén, destaca la unidad que había entre sus miembros, cómo ponían en común sus bienes y se ayudaban unos a otros. Y nos revela el secreto de esta unidad: escuchaban juntos las enseñanzas de los apóstoles, se congregaban para orar en común y celebraban la eucaristía, que ellos llamaban la fracción del pan. Ese es el modelo de comunidad nacional pacífica y fraterna que debemos construir.

«Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos» (Jn 20,30) nos relata el discípulo amado de Jesús. El Evangelio es el libro de la misericordia de Dios, para leer y releer, porque todo lo que Jesús ha dicho y hecho es expresión de la misericordia del Padre. Sin embargo, no todo fue escrito; el Evangelio de la misericordia continúa siendo un libro abierto, donde se siguen escribiendo los signos de los discípulos de Cristo, gestos concretos de amor, que son el mejor testimonio de la misericordia. Todos estamos llamados a ser escritores vivos del Evangelio, portadores de la Buena Noticia a todo hombre y mujer de hoy. Lo podemos hacer realizando las obras de misericordia corporales y espirituales, que son el estilo de vida del cristiano, especialmente en estos momentos turbulentos que vivimos en nuestra querida patria. Recordemos que “en el atardecer de nuestras vidas seremos juzgados en el amor” (San Juan de la Cruz)

Antes de concluir quisiera elevar una oración muy especial por los jóvenes que están en las calles, en forma valerosa, solicitando un mejor país. Dios les bendiga y de fortaleza en esas jornadas donde arriesgan sus vidas, como dice Isaías (40:29): “El da fuerzas al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ninguna”.

Que nuestra Madre la Santísima Virgen María, que siempre nos ha acompañado en todos los momentos difíciles de nuestra historia, y que esta vez se hace presente a través de la invocación de Nuestra Señora de Fátima, nos bendiga y nos enseñe a perdonarnos, reconciliarnos, tendernos la mano como hermanos, a defender pacíficamente nuestros derechos fundamentales y a construir juntos la paz.

Maracaibo 23 de abril de 2017

+Ubaldo R Santana Sequera FMI

Arzobispo de Maracaibo

Modificado por última vez en Lunes, 26 Junio 2017 21:42

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