Lunes, 17 Abril 2017 01:14

Domingo de Pascua

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Durante estos días hemos venido celebrando los misterios de la pasión, muerte y resurrección del Señor Jesús. Han sido días intensos para orar, reflexionar y renovarnos en el Espíritu. Hoy celebramos el domingo más importante de este año de gracia 2017: la PASCUA. El triunfo definitivo de Cristo sobre la muerte y la liberación de cada uno de nosotros de la esclavitud del pecado. La Iglesia nos ha invitado a conseguir el consuelo del Señor, Sumo y Eterno Sacerdote quien se entregó por nosotros como víctima propiciatoria. El Dios de la vida nos lo devuelve lleno del esplendor de la luz victoriosa de su Pascua.

Por un don especial del Espíritu Santo, por otro lado, hemos sido convertidos en herederos de los primeros discípulos y, como tales, somos testigos del Resucitado. Es lo que hoy nos presenta la Liturgia de la Iglesia: Nos corresponde manifestar la gloria de Dios Resucitado por medio de nuestro testimonio. Para ello, es necesario buscar las cosas de arriba; es decir las cosas que son de Dios. Ello conlleva renunciar a lo viejo y anquilosado, para demostrar con nuestros actos la fuerza de la salvación. Y esto con los actos de la caridad para con todos los hermanos.

Somos testigos del Resucitado. Hemos visto al Señor, no como los primeros discípulos, sino a través de su gran manifestación en la historia de la humanidad y de la Iglesia. Con su Palabra y su Eucaristía se abren nuestras mentes y comienzan a arder nuestros corazones: así lo descubrimos y vemos con los ojos de la fe. Como le sucedió a Juan, vemos y creemos; pero no nos quedamos allí: salimos a anunciar que ha Resucitado, que sigue en medio de nosotros.

Esta realidad marcante no se reduce sólo a gestos recordatorios de un evento importante; o a lecciones académicas, o a simples actos de devoción. Va mucho más allá. Hemos de hacer vivir a los hermanos la experiencia de Emaús y hacer que la gente le diga al Señor “quédate con nosotros”. La mejor manera es con nuestras acciones en beneficio de todos los hermanos, especialmente los más alejados y más necesitados. Si hemos celebrado la Pascua y estamos dispuestos a darla a conocer, hemos de hacerlo con el amor fraterno. La Pascua sintetiza lo que los profetas nos han venido enseñando: consolar al pueblo, hacerlo fuerte con la solidaridad, iluminarlo con la luz de Cristo, contagiarlo de la auténtica libertad de los hijos de Dios.

Comenzamos el tiempo denominado “pascual”. Es un tiempo para la alegría. Esta nos lleva a mostrarnos como limpios de corazón y constructores de la paz, con espíritu pobre y con misericordia activa… El tiempo pascual es el tiempo para demostrar que lo celebrado no ha sido en vano, o un mero conjunto de ritos y ceremonias. Hemos celebrado el acontecimiento que ha transformado nuestras existencias y nos ha convertido en hombres nuevos, en mujeres nuevas según el corazón de Dios Padre. Ahora manifestamos esa condición con gestos concretos de fraternidad en el amor de discípulos.

Estos tiempos de crisis en Venezuela los hemos de iluminar con la luz del Resucitado y hacer sentir a los hermanos que el “paso” del Señor se siente en nuestra nación. Esto es, que somos capaces de hacer patente la fuerza que transforma, no con los criterios del mundo, ni con los intereses de los dirigentes, sino con el poder renovador y transformador de Cristo, el Cordero inmolado por nuestra salvación. Este año, hemos de hacer sentir que los católicos estamos dispuestos a contribuir en la auténtica salida de lo que nos llena de indefensión y desesperanza. No es con la violencia de las ofensas, ni con el conformismo individualista, ni con la indiferencia de la mediocridad… es con el compromiso concreto desde las familias y las comunidades, para exigir el respeto por nuestros derechos, ciertamente, pero contribuyendo con lo que en cada sitio y en cada día podemos y vamos a hacer.

Porque Cristo ha resucitado podemos estar seguros que es posible el cambio en nuestras vidas y en nuestras comunidades. Lo hemos de hacer no con los criterios del mundo, sino buscando las cosas de arriba, poniendo todo el corazón en los bienes del cielo y o en los de la tierra… pero también evitando todo tipo de distracción y alienación, como si lo espiritual fuera una especie de dormidera para no enfrentar las situaciones humanas que hemos de solucionar. Como hombres nuevos y mujeres nuevas, los discípulos de Cristo estamos llamados a hacer sentir en Venezuela la fuerza renovadora del Resucitado y hacer que todos pidan que se quede con nosotros… y se quedará si nosotros mismos lo manifestamos con el testimonio de vida. Sólo así podremos decir que auténticamente hemos celebrado la Pascua.

+ Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal

Modificado por última vez en Martes, 18 Abril 2017 01:59

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