Sábado, 15 Abril 2017 03:28

Sábado Santo

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La celebración hermosa y llena de simbología de la Vigilia pascual nos coloca ante la realización de la gran promesa de Dios a la humanidad. Se ha vencido a la muerte y a la oscuridad. Toda esta celebración gira en torno a las dos ideas fundamentales de la luz y de la vida. Con ello, no sólo se cumplen las promesas a los padres, sino se da realización a lo anunciado por el profeta. Ciertamente, el pueblo ha recibido y lo seguirá recibiendo, el consuelo pedido por Dios. Ahora el consuelo es traducido en términos de victoria, en términos de luz y en términos de vida. De victoria ante el hecho maravilloso de la pascua del Cordero inmolado. Esa pascua liberadora que inaugura la nueva creación y le da a todo ser humano una nueva condición: ser hombre nuevo. De luz, porque, brilla para vencer la noche de la muerte y del pecado la gloria de Dios en medio de su pueblo. De vida, porque ha sido re-creada la existencia humana, al recibir todo ser humano la capacidad de llegar a convertirse en hijo de Dios.

Las diversas lecturas hablan de la historia de la salvación. Al final podemos cantar ALELUYA. Este es un grito de triunfo. Lo pueden entonar sólo quienes han sido asociados al Cordero y han recibido la consolación de parte del Redentor. De lo contrario será una palabra vacía de toda alegría y consecuencia salvífica. El ALELUYA va acompañado de la renovación de las promesas del bautismo, del reconocimiento de nuestra vocación a la santidad al entonar las letanías de los santos. Por tanto, ese ALELUYA está unido al testimonio de vida que ha de distinguir a los discípulos de Jesús. No en vano se llaman “testigos del Resucitado”.

El profeta que se hizo eco del clamor de Dios para pedir la consolación para su pueblo, hoy también nos recuerda que hemos de hacer resplandecer el brillo de la luz del Resucitado: “Levántate Jerusalén, envuelta en resplandor, porque ha llegado tu luz y la gloria del Señor brilla sobre ti… El Señor brillará sobre ti y sobre ti aparecerá su gloria”.

Durante varias semanas nos fuimos preparando con oración, ayuno y caridad para celebrar la Pascua. A partir de hoy y hasta Pentecostés cada uno de nosotros debe hacer sentir el brillo de la luz del Resucitado. La crisis que vive Venezuela y el mundo no pueden oscurecernos más. La fuerza del Resucitado debe alentarnos para que la caridad sea el mejor faro de esa luz. Ya lo recordábamos el jueves santo, cuando con el lavatorio de los pies y el mandamiento del amor fraterno reafirmábamos que somos discípulos del Señor. En medio de nuestros hermanos, los que tienen desesperanza y los que se sienten menospreciados, la fuerza de la luz de Cristo debe iluminar el camino de todos. Ya basta de pesimismos y de desesperanzas. Nos toca a todos nosotros hacer que la luz de Cristo Resucitado destruya las sombras, aclare los caminos y debilite los espíritus violentos. La luz es la paz; la paz es Cristo presente en medio de nosotros. Y Cristo es nuestro liberador.

Hoy más que nunca, sin tener miedo a las manipulaciones que algunos puedan hacer de este término, es tiempo de liberación para Venezuela. Una liberación que arranque desde la resurrección de Cristo y que se distinga por ser ejercicio de la caridad con sus consecuencias de fraternidad, de reconciliación, de perdón y de renovación. Hemos de exigirles a los dirigentes y a los pastores, a los responsables de los diversos servicios de la sociedad y a quienes tienen un puesto importante en nuestras comunidades que sientan el gusto espiritual de ser pueblo. Que se dejen llenar de la luz del Resucitado y que sean, como nos enseña Pablo, “luz en el Señor”. Esto implica, además del diálogo, buscar de verdad y en sintonía con la gente, los auténticos caminos de superación.

La Pascua no puede ser una mera conmemoración histórica. Es el acontecimiento que le ha dado razón de ser a nuestra historia humana en los momentos actuales. Es la fiesta del ALELUYA que podemos entonar por haber recibido la consolación de Dios. Esto sin olvidar que por ser testigos del Resucitado, sencillamente también nosotros somos “consolación, fuerza y entusiasmo de fe y de vida” para todos nuestros hermanos, en particular los sufridos, los alejados, los menospreciados.

En estos días nos saludaremos deseándonos “feliz y buena pascua”. Pero que este saludo se vea y se sienta acompañado del gesto amoroso hacia el hermano, con el cual compartimos el gran reto de la novedad de vida nacida del Resucitado. Que nuestra Pascua sea una expresión de que nos preocupamos y decidimos abrir las sendas para una Venezuela mejor y donde todos seamos, como pueblo de Dios, protagonistas de esa Pascua: que así como desde Jerusalén debe brillar la luz, desde nuestras comunidades, desde nuestra Iglesia, desde nuestra región, desde nuestra Venezuela se pueda percibir el resplandor de la auténtica luz que viene de Cristo Resucitado: la fuerza de su amor transformador.

+ Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal

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