Viernes, 14 Abril 2017 16:40

Meditación: Las Siete Palabras de Cristo en la Cruz

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INTRODUCCION.

Durante la Cuaresma nos hemos venido preparando para el momento culminante de este año 2017: la realización de la Pascua de Jesús. El jueves santo conmemoramos la institución del sacerdocio y la eucaristía, para garantizar que haremos memoria viva de la “nueva alianza”. Hoy, viernes santo,

rememoramos el acto supremo de la entrega de Jesús y cómo, con su sangre, se sella la “nueva alianza” y se da la victoria sobre el pecado y la muerte; en la vigilia pascual vamos a glorificar a Dios por el triunfo del Resucitado. Toda la semana santa nos ha permitido re-encontrarnos con el misterio de consolación que nos ofrece Jesús. En Él se realiza la profecía: “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!”

La consolación no es resignación. Generalmente, cuando hablamos de resignación nos referimos a “soportar” lo que nos resulta duro, pero con conformismo y con desesperanza. Como si no se pudiera hacer nada más. Es, lamentablemente, lo que piensan y predican muchos pastores y laicos cuando evangelizan o dan catequesis. Sin embargo, no es lo que necesitan oír nuestros hermanos.

Tampoco podemos reducir la consolación a unos momentos particulares. Debe ser una actitud continua, pues siempre vamos a tener a muchos que necesitan la fortaleza que viene de Dios. La mejor manera de consolar es con nuestro testimonio. Es lo que nos ofrecen las siete palabras de Cristo en la Cruz: no se trata de expresiones simples; están cargadas de una profundidad, pues resumen todo lo que Él hizo de bien para los suyos; y, ante todo, manifiestan el testimonio radical desde la Cruz. En vez de renegar o protestar sus palabras hablan, desde la profundidad de un Dios humanado, del compromiso para con la humanidad. En esas palabras nos vamos a encontrar el retrato de quien comparte el sufrimiento, de quien se siente solo, pero también de quien cumple el designio amoroso del Padre.

Estamos invitados a contemplar durante esta meditación la acción llena de consuelo de Dios: del Padre que ha enviado a su Hijo para salvar y liberar a la humanidad; la fortaleza del Espíritu que ha ungido al Hijo para dar la libertad a los cautivos y estar al lado de los más pequeños: la ofrenda sacerdotal de quien llevó sobre sus hombros el pecado del mundo y realizó con su entrega generosa la “nueva creación”.

Con sencillez de espíritu dejémonos llevar por el dinamismo de la Palabra y sintamos en estas palabras del Crucificado una nueva manifestación del cumplimiento de la profecía: “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!”.

PADRE, PERDONALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

1.

Dentro de la misión recibida del Padre, el Hijo tiene como tarea también conseguir el perdón por los pecados de la humanidad. El pecado ha significado siempre ruptura con Dios y es fruto de la tentación de querer ser “como dioses”. Las tradiciones religiosas suelen hablar también del perdón, pero en una línea más bien tradicionalista. Como un acto de piedad, de solicitud a la divinidad para cada uno de los que lo piden. La dimensión comunitaria y fraterna del perdón no se ve muy claramente expuesta en el pensamiento religioso de los pueblos… incluso hoy, en medio de muchos cristianos.

Se ha impuesto la Ley del Talión: “ojo por ojo y diente por diente”. Cuando se comete una falta en contra de alguien, se busca la revancha y la venganza, muchas veces acompañadas por el odio y el rencor. Entonces, la violencia se introduce en el pensamiento y en el quehacer del ser humano. Hasta se habla del derecho a la venganza o a la retaliación; a veces, incluso oculto en un reclamo a la dignidad o al rechazo de toda impunidad.

Jesús no sólo predica el perdón como nueva expresión del amor. Lo experimenta Él mismo de muchas maneras. En la cruz va a testimoniar el perdón como consuelo para la humanidad, pera quienes son víctimas del pecado, para quienes se creen más que los demás y hasta osan equipararse de mil y una maneras a Dios. En las parábolas donde habla del perdón, en sus encuentros con los pecadores y publicanos, Cristo refleja que el perdón da un consuelo. Lo que los profetas habían anunciado y exigido de consolar al pueblo pobre y golpeado, Jesús lo hace posible en el relato del Padre misericordioso ante el retorno del hijo que se había ido y había preferido el pecado como estilo de vida; también en el encuentro con los publicanos y pecadores con quienes compartía, para irlos liberando de su condición; en su diálogo con la samaritana a quien ofreció la frescura de un agua nueva que salta hasta la eternidad…

En la cruz, lleno de dolor y luego de haber sido maltratado y torturado, sus primeras palabras no son de odio ni de desesperación. Frente a quienes se burlan de Él y lo han llevado al suplicio les ofrece una palabra que de verdad da consuelo a quien las entiende y recibe: “PADRE, PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”. No justifica la mala acción, sino que trata de disminuir la culpabilidad de quienes están haciendo lo contrario al bien: “PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN”.

Para la humanidad de todos los tiempos, esta palabra está llena de una fuerza que sostiene a todo ser humano: es una palabra de consuelo. Si Dios fuera alguien que aplicara la Ley del Talión, sencillamente hubiera acabado con todos sus adversarios de manera violenta. Sin embargo, lo que pide es PERDON: muestra suprema del amor. El Perdón es la manera más radical de amar; es la manera más radical de ser cristiano; es la manera más radical de ser Dios, Si Dios se define como amor, es lógico que entonces ofrezca el perdón… y el Padre Dios, lo reciba como solicitud de parte del Hijo, Víctima propiciatoria para conseguir la comunión entre la humanidad y el Padre, rota por el pecado.

2.

Esta palabra es un grito desgarrador y debe ser atendido hoy en nuestra sociedad. Todos echamos la culpa a alguien, todos nos atacamos, todos nos dejamos llevar del odio… Unos y otros, adversarios en lo político y en lo social, han profundizado la crisis que ataca a nuestro pueblo y por eso se ha llenado de desesperanza. ¡Pero qué difícil es el perdón! Perdón no significa olvidar o no exigir justicia. Perdón, significa dejar a un lado lo que nos divide, desde la ofensa hasta el mayor de los ataques, para poder vivir en la libertad de los hijos de Dios, la que nos da el amor.

Esta palabra de Cristo en la Cruz es un llamado a los hombres y mujeres de la Iglesia que deben anunciar en todo tiempo y lugar el evangelio. Predicar el evangelio no sólo se limita a decir cosas bonitas y a dar a conocer la doctrina; tiene que ir mucho más allá: a edificar el reino de justicia y de paz. Por eso, debe contar con el testimonio de vida de todos los creyentes. Y éste testimonio encierra y conlleva el perdón.

El perdón es una de las tareas que tenemos entre manos. Supone la reconciliación y exige que se dé la justicia. Supone la predicación del evangelio que invita a la conversión. Y hay mucho de qué convertirnos en el mundo de hoy: no sólo hay que pensar en los que están haciendo el mal, sino también en los conformistas, los “cristianos de sofá” que exigen a los demás lo que ellos no hacen.

Hoy nuestro pueblo está necesitado de consuelo. Somos nosotros testigos de ese consuelo al contemplar la cruz de Cristo: en nuestras familias y comunidades, en nuestras instituciones y lugares de trabajo… Lo más fácil es o el conformismo o la violencia. Lo más difícil es el consolar al pueblo. Esto conlleva el perdón. Cuando seamos capaces de perdonar y de perdonarnos, entonces habrá justicia de verdad, solidaridad constructiva y fraternidad que permitirá crecer y abrir las puertas a los cielos nuevos y la tierra nueva de la salvación.

Cristo nos invita a imitarlo. Pablo nos habla de revestirnos de Cristo… entonces, sin más complicaciones de nuestro egoísmo, seamos gente del perdón. No del perdón que le pedimos a Dios para estar tranquilos. Sino del perdón auténtico que nos lleva a renunciar al pecado, pero también a encontrarnos con el otro y llenarlo del amor de Dios. Porque fue capaz de perdonar, Jesús en la Cruz abrió las puertas de la verdadera esperanza a la humanidad. Realizó una “nueva creación” para sostener y consolar a tantos corazones desgarrados… muestra de ello lo meditaremos en la segunda palabra cuando le da al ladrón arrepentido la posibilidad de entrar en su Reino. Todo ello es fruto del PADRE PERDONALOS PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO.

1.

El pueblo que busca el consuelo encuentra su verdadero apoyo en el Señor. Por eso, el profeta clama lleno de alegría: “¡Despierta, despierta” ¡Revístete de fortaleza, Sión!¡Vístete tus ropas de gala, Jerusalén!” (Is 52,1-2) Ese consuelo tiene que ver con la salvación. Y sentimos cómo se realiza en El Calvario. Junto al Crucificado se encuentran otros dos condenados más. Uno de ellos desafía al Señor. Una nueva tentación para el Mesías a fin de que demuestre su “poder”. Pero el Señor hace caso0 omiso de esto. Más bien atiende el ruego del otro crucificado, comúnmente conocido como el “buen ladrón”

En vez de tentación le presenta una solicitud. Quizás intuyendo que el Señor sabe escuchar a los humildes y a los más pequeños, como lo hizo de manera continua en sus caminatas a lo largo de Israel. “Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino”. Tres elementos importantes nos encontramos en esta solicitud: una de ellas es la referencia ´personal: “De mí”. El compañero de suplicio se baja como Él y en el tú a tú de la crucifixión le píde se apiade de él. El segundo elemento presente en esta petición es un imperativo, como una especie de orden en forma de súplica con un verbo muy especial: “Acuérdate” Ten memoria. ¿De qué ha de tener memoria? En él de la promesa de salvación cuando se la indicó a Nicodemo, por ejemplo: no ha venido a condenar sino a salvar para así cumplir la voluntad llena de amor del Padre. Y el tercer elemento incluye la fe y la esperanza. La fe de un evento futuro, aunque cercano; de fe, porque ese evento es su Reino. No podemos asegurar que el compañero haya conocido la predicación de Jesús. Podemos presuponer que sí… o que durante el juicio exprés que se le hizo a Jesús, haya escuchado lo del Reino y haya intuido que ya lo estaba inaugurando. Corrió el riesgo de creer y sentir esperanza.

La respuesta de Jesús no se hizo esperar: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. Le premia la esperanza cuando le dice “estarás”. Ya casi se va a dar. Y esa esperanza premia su riesgo de fe: “hoy”. Por otro lado le asegura el “Paraíso”, que es el ámbito del Reino. Ya no será en un reino pasajero en la tierra, ya no hay que caminar más: va a entrar en el Paraíso, el lugar de los pastos fértiles y sabrosos de los que nos habla el salmista (Salmo23). Pero hay algo más: “Conmigo”. Esto le da la garantía de que así será; y manifiesta la comunión con el Mesías ya desde la Cruz, pero con una proyección en el Paraíso.

Quien había venido a cumplir la profecía del consuelo a su pueblo, le termina de dar fortaleza a su compañero del Calvario. Se hace realidad lo anunciado por María cuando entonó su cántico de alegría: en ese momento Jesús está levantando al humilde y le está colmando del mayor de los bienes al pobre que está junto con Él Jesús cumple su misión y lo demuestra en El Calvario. Por eso podremos entender lo que dentro de otros minutos dirá al proclamar que todo está cumplido. Jesús no podría haber pronunciado esa palabra si no hubiera tenido el gesto salvífico con el “buen ladrón”. Así como también el profeta anuncia la vestidura de fortaleza a Sión, asimismo Jesús no la anuncia, sino que la coloca simbólicamente a quien ha pedido estar en su Reino.

2.

Con esta palabra del Crucificado podemos entender cómo en nuestro compromiso evangelizador estamos llamados a revestir de fortaleza a tantos hermanos nuestros que sufren y que están a nuestro lado. No falta quien reniegue, no falta quien odie, no falta quien maldiga… pero son más los que piden el auxilio y la seguridad de que le vamos a dar lo que necesitan, particularmente el amor fraterno. Esto conlleva revestir de fortaleza a tantos hermanos llenos de desesperanza y de desilusión. Se sienten frustrados por tantos dirigentes políticos, sociales y religiosos quienes los ven caminar con sus dolores desde la acera de enfrente. Como Jesús, nos toca ponernos de su lado, para así también compartir nuestras fuerzas con ellos y animarlos en esperanza y fe. Los hemos de vestir con el taje de gala, no un simple disfraz, sino el auténtico traje de gala, que aún en la desnudez de la Cruz, el Señor lleva puesto: el traje de “hijo de Dios. Porque lo somos, lo contagiamos; porque lo sabemos vestir lo hacemos que otros también lo lleven con dignidad.

La textura de la tela de ese vestido es muy original: el amor de hermanos, nacido del amor de Dios que ha sido colocado en nuestros corazones. Esto conlleva compartir de lo que teneos, salir al encuentro de los más necesitados, ser solidarios y promotores de la paz y convivencia fraterna. Así, entonces consolamos y damos el verdadero vestido. A quien lo necesita.

Esto lo hacemos desde nuestra pertenencia al Reino de Dios: que vivimos con mansedumbre, limpieza de corazón, búsqueda de la paz, con misericordia… y haciendo que nuestros hermanos salgan de la opresión del pecado, pero también de la que es producida por el menosprecio de tanta gente que se cree más que los demás. Le volvemos a repetir la palabra de Cristo: Ellos deben sentir que a través de nosotros “hoy”, no mañana pueden gozar de la plenitud del Reino. El Papa nos ha pedido hacerlo como una Iglesia que siempre está en salida, pobre para los pobres.

Pero también nos pide el mismo Jesús que no dejemos de dirigir nuestra mirada y acción de caridad hacia quienes desprecian, odian, menosprecian, se olvida o son indiferentes ante los hermanos, o los que están acomodados, los cristianos de sofá… Para invitarlos a que se arriesguen a convertirse y cambiar de mentalidad, de vida y de actitud. También el Reino es para ellos, pero no al estilo del mundo, sino con los criterios del Evangelio: el arrepentimiento, el perdón, la humildad y la comunión porque también deben sentir que todos somos hermanos.

Esta palabra de CRisto no es sólo una voz de aliento para quienes sufren. Es, además una invitación para quienes son indiferentes o hacen sufrir a los demás de mil y una maneras. Y, sin duda para quienes buscamos ser fieles a Dios: la llamada a ser como Jesús, puentes para el encuentro de todos en el amor y en la justicia. Si esto lo hacemos, la palabra de Cristo encontrará una especial vigencia en nuestros días y en nuestras comunidades por el compromiso responsable de cada uno de nosotros.

No hay tiempo que perder. Es verdad que muchas cosas tardarán tiempo para acomodarse. Es cierto que la crisis que vivimos en el país no se solucionará de un momento a otro. Más aún, debemos tener conciencia de que nos toca recorrer un camino tan largo como el de los cuarenta años por el desierto… Pero hay algo que nos permite consolarnos y consolar al pueblo, revestirnos y revestir a todos de fortaleza. Es el hecho maravillo de que HOY es el tiempo de Dios Salvador. Es la oportunidad a no perder: la de saber que sin dejarnos alienar por ideologías sin sentido ni dejarnos seducir por los falsos cantos de sirena que nos invitan a la resignación, el “HOY” Salvador de Cristo se sigue haciendo presente a través del servicio liberador de la Iglesia; esto es, de cada uno de nosotros. Al cumplir esta tarea, estaremos dándole vigencia permanente a esa hermosa y reconfortante palabra: “HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAISO

MUJER HE AHÍ A TU HIJO

HIJO HE AHÍ A TU MADRE.

1.

Toda madre brinda seguridad y consuelo a cada uno de sus hijos. Incluso después de corregirlo y sancionarlo, suele rodearlo con gestos de ternura. El amor de madre es inmenso. Con Jesús sucede igual. Desde su nacimiento en Belén hasta los pies de la Cruz en El Calvario: allí está María, la Madre amorosa. Muestra su preocupación cuando se pierde en el templo y le vuelve a recibir para ayudarlo a seguir creciendo en sabiduría delante de Dios y de los hombres. En Caná, le invita a manifestar su acción, aún cuando no haya llegado la hora. En otros momentos fue a buscarlo en medio de sus predicaciones y así recibir el halago de que ella cumplía la voluntad del Padre. Ahora, está allí, dolorosa, con su corazón traspasado por una espada de sufrimiento como le había sido profetizado hace varios años. Y está allí para no dejarlo solo en la soledad extrema de su suplicio.

Jesús así lo siente. Por eso, su palabra apunta a darle también a ella un consuelo: MUJER HE AHÍ A TU HIJO. Juan, quien la acompaña, la recibe desde ese momento. Así, Jesús asegura su protección no sólo ante el evento de la Cruz sino después, cuando resucitado, suba al cielo. María, la madre de la ternura, no se queda sola. Va a tener quién vele por ella. Jesús lo había hecho con la viuda de Naím. No quiso que ella se quedara desamparada y le devuelve a su hijo; lo hace con la cananea, al devolverle la salud a su hija;

Pero, también hace otra manifestación de amor a la Madre. Le concede el privilegio de convertirse en la madre de los creyentes, representados todos en Juan. HIJO HE AHÍ A TU MADRE. Si bien no es la madre de la carne y de la sangre, la dona como quien sabrá acoger y acompañar a sus nuevos hijos. Es lógico, pues María misma va a intuir y conocer la nueva realidad de los discípulos: identificados con Él para actuar en su nombre. María, entonces recibe el consuelo para darlo también ella a los demás.

Esta palabra manifiesta la ternura del Dios humanado: con sus sentimientos filiales hacia la madre; y también con sus sentimientos de solidaridad hacia sus nuevos hermanos, nacidos a la filiación divina en la Cruz. La ternura de Dios es consuelo y la suave expresión de su amor redentor.

No es de extrañar este gesto. A lo largo de su ministerio público, Jesús ha ido dando pruebas de su ternura y consuelo. Lo hizo cuando vio a la multitud que no tenía qué comer; lo demostró al tener compasión de tantos enfermos a quienes sanó; lo hizo sentir cuando resucitó a su amigo Lázaro. Sus parábolas de misericordia hablan precisamente de esto: el padre que perdona, el buen samaritano que no pone reparo en la condición del malherido; el publicano que se humilla ante Dios en la oración para luego regresar justificado a su casa. Y todavía más, enseña que el juicio final se realizará en torno a las obras de misericordia, que Él mismo ha hecho y de lo cual ha sido ejemplo. Nos está enseñando que, con esta decisión, de verdad Él está cumpliendo con la misión de salvar. Salvar implica preocuparse por todos para que puedan caminar al encuentro con Dios.

2.

Esta palabra ilumina la situación que viven hoy muchas mujeres-madres y sus familias. Hoy, a pesar de los avances de la técnica y de los progresos propios de la sociedad, no deja de sentirse la soledad en tantas mujeres y en tantas familias. El Papa Francisco insiste en la necesidad de hablar de la dignidad propia de la mujer; y con ella de la familia. Pero, vemos cómo se menosprecia a la mujer de mil y tantas maneras: las inmigrantes a las que se les quitan los hijos; a las que no se les concede el derecho de educar a sus hijos; las que se encuentran abandonadas en soledad por la muerte de sus hijos a causa de la violencia y maldad del mundo; las que están golpeadas por la actitud de sus hijos envenenados por la droga, el alcoholismo, el sida; quienes siente en lo profundo de sus corazones por tener un hijo que ha acabado con la vida de otros; quienes, por presión injusta y externa, terminan abortando el fruto de sus vientres…ante ellas, resuenan estas palabras de Cristo: MUJER HE AHÍ A TU HIJO.

Sí. Ellas tienen que ver en cada uno de nosotros el rostro de Cristo que les consuela y les acompaña, les sostiene y les fortalece. El rostro de Cristo dibujado en el de cada uno de los creyentes que se confiesan discípulos de Jesús. No hacerlo es agudizar el dolor. Hacerlo es tener la misma actitud de Juan ante María: recibirla, acompañarla y vencer los efectos de la soledad. También esta palabra nos alienta a ver a fuerza consoladora de la Madre Iglesia. Esta ha de tener la misma actitud de María y poner en práctica la palabra de Jesús: MADRE HE AHÍ A TU HIJO.

A la vez, cada uno de nosotros ha de descubrir el rostro tierno y amoroso de la nueva madre, cuyo modelo es María: la Iglesia. Cada ser humano, cualquiera que sea su condición, tiene que experimentar la fuerza transformadora de esa palabra del Crucificado: HIJO HE AHÍ A TU MADRE. María se presenta como ejemplo viviente para la Iglesia. Ella supo acompañar a los primeros discípulos, desde el cenáculo hasta cuando se empezó a expandir la Iglesia hacia los confines de la tierra. Y luego, a través de la historia, María se ha hecho presente con su intercesión en tantos pueblos y culturas.

La Iglesia tiene la misión de presentarse como la madre. Es esa madre amorosa de la que nos habla el Apocalipsis, con el rostro de María, cuya corona de doce estrellas habla del pueblo de Dios y de la humanidad haya quien dirige su mirada y atención. Como miembros de la Iglesia, cada uno de nosotros, creyentes discípulos y misioneros de Jesús, tenemos el deber de ir al encuentro de cada uno de los seres humanos. No sólo para hablarles de Cristo y su Evangelio, sino sobre todo para acobijarlos con la energía y fuerza propia de ese Evangelio como lo es la caridad. Entonces, tanto los creyentes practicantes, como los alejados, quienes se han enfriado en su fe y quienes no conocen al Señor, serán atendidos por la Iglesia Madre.

Cada uno de nosotros, siguiendo el ejemplo de María, va a mostrar el rostro maternal de una Iglesia siempre preocupada por todos sin excepción. Corregirá, sanará, alimentará, hará crecer… en el fondo, hará que la humanidad sienta la ternura del amor de Dios. Por eso, lejos de nosotros lo que desdiga de ese amor: el odio, la indiferencia, la venganza, la ofensa, el menosprecio, la discriminación… Al contrario, deben estar presentes en cada uno los efectos del amor: el perdón, la solidaridad, la reconciliación, la benignidad, la paz.

Hoy son muchos los hombres y mujeres que sufren tanto menosprecio y se consideran hasta rebajados con nuevas formas de esclavitud. Por eso mismo, la Iglesia debe acudir a su encuentro para lavar sus heridas, protegerlos de quienes le atacan y garantizarles su acompañamiento. Entonces ellos podrán sentir que son hijos atendidos por la Madre: HIJO HE AHÍ A TU MADRE.

Esta palabra tiene sus efectos salvíficos. María que se preocupa por sus hijos, quienes la reciben como Madre. La Iglesia que imita a María para acercarse y proteger a sus hijos que la reciben y aceptan como Madre. Una Iglesia que sabe cuidar maternalmente de todos sus hijos, en especial por los más pequeños y sufridos. Una Iglesia pobre para los pobres y en salida para ofrecerle a la humanidad la ternura de su misericordia. Al hacerlo, ciertamente, estará dándole un sentido profético que se cumple a la palabra del Crucificado. MUJER HE AHÍ A TUS HJIJOS, HIJO HE AHJI A TU MADRE.

DIOS MIO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

1.

Hoy, en Venezuela, se vuelve a experimentar la misma situación vivida por el pueblo de Israel luego de salir de Egipto: hubo la tentación de volver a la esclavitud para comer las cebollas amargas de Egipto. También se siente lo vivido por los israelitas cuando eran olvidados por sus dirigentes y sacerdotes, con lo cual volvían a caer en la opresión de pueblos aparentemente más poderosos… Hoy en Venezuela se siente una crisis que provoca desaliento y desesperanza. Pareciera no haber salida y se llega a decir que el juego está trancado. Los políticos de todas las toldas parecen preocuparse sólo por sus propios intereses. Hay hambre de pan y de justicia; hay miedo e indefensión ante quienes se han tomado el control de las comunidades con la delincuencia y la violencia. Ante todo esto, la gente hasta se llega a preguntar por qué Dios ha permitido tantas cosas y por qué nos ha abandonado.

Todo se agudiza ante otros hechos que aturden la conciencia y el sentido de solidaridad: el abuso de quienes suben indiscriminadamente los insumos necesarios; el egoísmo de quienes prefieren recibir un poco más de dinero pero optan por el contrabando y el “bachaqueo”. Se proponen medidas supletorias pero que no resuelven mucho, pues se vuelve a caer en un círculo vicioso de toma y dame. A esto se une algo terrible: se ha perdido la visión de futuro. Quienes proponen una salida política más bien colocan el énfasis en sus intereses particulares y una especie de “retorno” a las condiciones que nos han traído hasta acá. No hay capacidad ni disponibilidad para el diálogo. Nos regodeamos en hacer y leer análisis y diagnóstico como lo suelen las redes sociales. Se habla poco de soluciones. Cada sector político tiene sus estrategias pero se comprueba un olvido del pueblo.

Vuelve a surgir la interrogante: ¿Hacia dónde vamos? ¿Hasta cuándo se vivirá así? ¿Quién se preocupará por nosotros? Se reafirma un hecho: no hay liderazgos verdaderos. No se supera la tentación y permanente realidad del “caudillismo”. Y algunos líderes esconden detrás de sus propuestas particulares proyectos ideológicos contrarios a la ley natural y a la dignidad de la persona humana.

Nuestro pueblo, nuestra gente –en especial la más pobre y desasistida- siente que ha sido abandonada. Se le ofrecen planes y algunas ayudas que sólo calman momentáneamente su hambre y sus necesidades. Quienes tienen un poco más de posibilidades prefieren irse a otros países. Lamentablemente en medio de esta situación surgen los que aumentan la inseguridad, los que roban y matan, los que se creen dueños de la vida de los ciudadanos… Entonces, de cara a Dios, quien se presenta como Dios de Vida, amor y justicia, la pregunta es obligada: “¿Dónde estás?” “¿Por qué nos has abandonado?

Jesús sintió lo mismo en la Cruz. ¿Para qué valió tanto esfuerzo y tanta predicación? ¿Para qué los profetas anunciaron que Él cumpliría las promesas? ¿Para qué tanto decir que Él cumplía la voluntad de salvación del Padre Dios? Si, en el fondo iba a terminar solo y abandonado por los suyos en El Calvario. Allí, luego de tantas horas de dolor y sufrimiento, Jesús exclama DIOS MÍO DIOS MÍO ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO? Si esto le pasó a Jesús, y tuvo qué gritarlo, imaginémonos cómo se sentirá el pueblo abatido ante tanta desesperanza hoy día.

2.

Si leemos y contemplamos esta palabra podemos sentir una especie de sentimiento de admiración. ¿Por qué Jesús se siente abandonado del Padre? Esa parece ser la experiencia de muchos profetas. Jeremías hizo inmensos esfuerzos para no hacerse esa interrogante. Job vivió hasta la incomprensión de sus más cercanos amigos, ante la desgracia que le acogotó. Ahora es Jesús, quien le reclama a su Dios ¿Por qué ME HAS ABANDONADO? Y tiene razón, desde la perspectiva humana. Sólo María, dos mujeres y Juan están cerca aunque sin poder hacer nada más. Luego de su muerte, llegarán tímidamente algunos de sus seguidores: José de Arimatea y Nicodemo…Pero no deja de sentir el abandono y la soledad.

Sin embargo, en esta palabra, necesariamente tenemos que conseguir una respuesta. Jesús sabía muy bien cuál era su misión y lo que le esperaba. Ya en el Getsemaní lo había comenzado a sentir cuando pide al Padre que le librara de la angustia. Sin embargo era consciente de los riesgos pues prefirió cumplir la voluntad del Padre. A los Apóstoles les había hablado de lo que iba a pasar; les hizo advertencias de traiciones y negaciones… El sabía a lo que se exponía. Aunque también conocía muy bien lo que sucedería después con la Resurrección: la victoria sobre la muerte y el pecado con sus consecuencias de soledad, abandono y dolor. Aún así, no deja de mostrarse como humano y por eso exclama. DIOS MIO DIOS MIO ¿Por qué ME HAS ABANDONADO?

Esta palabra nos revela el sentido humano del Dios hecho hombre. Asumió la humanidad en todo menos en el pecado. Por eso, sentirá el abandono, aún cuando sabe que el Padre no lo dejó pues está allí esperando que todo lo coloque en sus manos, incluyendo su espíritu. Poco antes les había dado a su madre y al hijo la seguridad de que no estarían solos, sino mutuamente acompañados. Ahora quizás ya no los ve a ellos, y se dirige al Padre. “¿Dónde estás?” Momentos más tarde se va a dar cuenta de no haber estado tan abandonado, pues el Padre está allí para recibir su ofrenda sacerdotal y darle la salvación a la humanidad.

Esta palabra DIOS MIO DIOS MIO ¿Por qué ME HAS ABANDONADO? Tiene un mensaje muy directo para nosotros los miembros de la Iglesia. Cuando nuestra gente grita que se siente abandonada su interrogante también nos llega a nosotros. Con nuestra misión evangelizadora y de promoción de la caridad, hacemos las veces del Padre y debemos estar allí, junto a nuestra gente para atenderlo, para darle consuelo, para animarlo y mantenerlo despierto. El Papa Francisco, al presentarnos las estrategias de la Nueva Evangelización, nos pidió involucrarnos en la vida de nuestra gente y brindarles compañía… de lo contrario, no sólo lo podrán hacer otros con propios intereses sino que estaremos traicionando la misión recibida.

Hoy más que nunca ante el grito de Cristo exclamado en el dolor y abandono y la tentación a la resignación de nuestro pueblo, la Iglesia debe estar allí para hacerle sentir que no está abandonado ni olvidado… Entonces, los Obispos y Sacerdotes, a imagen del Buen Pastor, no sólo deben estar pendientes de la grey, sino a su lado. Es el tiempo de la opción por los pobres y más pequeños, lejos de la búsqueda de privilegios o de acomodarse al lado de quienes buscan sus propios intereses… Entonces los laicos católicos deben hacer realidad la solidaridad y el amor fraterno,   para levantar a quien está golpeado por el menosprecio de quienes prefieren jugar a la crisis… Entonces los religiosos y las religiosas, deben colocarse al lado de quienes están golpeados para manifestarles que son atalaya que los defiende…. Hoy a la Iglesia se le presenta la misma tentación en la que han caído muchos dirigentes: quizás no estar en la acera de enfrente, pero sí colocarse en las alturas de una supuesta posición de poder para esperar el momento en el que se acerquen a “rescatar” a quien hoy sufre el abandono.

Con nuestra actitud de amor que todo lo puede, buscando su auténtica promoción, la nacida del auténtico “hombre nuevo” Jesús el Señor, la Iglesia debe tener la misma actitud del Padre Dios: sostener en sus brazos amorosos y llenos de misericordia al pueblo que sufre y que repite día a día las palabras angustiosas de Jesús. DIOS MIO DIOS MIO ¿Por qué ME HAS ABANDONADO?

TENGO SED.

1.

Es muy humano sentir sed. El pueblo de Israel la sintió en el desierto debido al calor y a la sequedad del ambiente. Jesús, luego de haber caminado, sintió sed y pidió agua a la samaritana en el pozo de Jacob. Incluso, el mismo Maestro la colocó entre las obras de misericordia. En la Cruz, agotado y bajo la presión de su cansancio y del sol ardiente, se reseca su garganta y exclama TENGO SED. Tiene sentido, pues no ha probado bocado desde hace tiempo, es posible que ni siquiera le hayan dado de beber durante la noche del jueves y el resto del día hasta el momento de la crucifixión. Ahora no sólo la siente sino que le expresa: TENGO SED.

El soldado le da a beber vinagre. No lo hace movido por compasión ni solidaridad. Más bien lo hace para evitar que el Crucificado deje de molestar y no vuelva a pedir más nada. Algunos estudiosos llegan a decir que era una manera también para terminar de secar, a modo de cauterización, su garganta. Así no volverá a sentir sed ni podrá hablar mucho. Se le apaga su voz.

Todo parece calculado. Es probable que sea hasta una costumbre ´para evitar los gritos de los ajusticiados. Pero, aún así, habla de la insensibilidad que se tenía para con los condenados a muerte en la Cruz. Tiene su lógica dentro del esquema cultural y jurídico de la época. Los ajusticiados y, particularmente, los crucificados perdían todo derecho. Eran ya una ficha moribunda y punto. Sin embargo, no dejaban de ser humanos y de tener sentimientos. Por eso Jesús exclama TENGO SED.

Quien había cambiado el agua en vino, quien había hablado del agua nueva que da la salvación, quien había realizado obras maravillosas de sanación a tantas personas, paganos incluidos, se encuentra en la máxima soledad. Ni siquiera su Madre puede acercarse a calmar su sed. Lo hace quien tiene el oficio y con su mala intención. Solo con su sed ya no le queda más remedio sino esperar a que se adelante la muerte. Será el único antídoto para su sed y tantos dolores que le golpean en la hora de la Cruz.

En esta experiencia de sed y de dolor podemos comprobar cómo Él encarna a un Dios que se hizo hombre igual en todo a los seres humanos menos en el pecado. Habla este momento de su tremenda humanidad con la cual va a redimir a la humanidad. No esconde sino encarna a un Dios que supo jugársela con la humanidad y ahora no es correspondido ni siquiera en lo mínimo. Por eso dice TENGO SED. Esa ha sido la vida del Mesías desde su nacimiento en la máxima pobreza de la cueva de Belén, sin tener donde reclinar la cabeza y también malentendido, incomprendido, juzgado y llevado al martirio en la Cruz. En esa sed, Jesús encierra todos los sufrimientos producidos por el pecado y sus secuelas de muerte. TENGO SED. Grito de un Dios humanado que encierra su deseo de salvación a la humanidad.

2.

En esta escena del drama de la Cruz, el protagonista nos ofrece un parlamento bien claro. Un deseo y la retribución o cumplimiento del mismo. En ese deseo -TENGO SED- se encierran los sufrimientos y dolores de tanta gente que hoy la sienten de diverso modo. En la actuación del soldado se hace patente la actitud de tantos en la sociedad que no quieren oír el clamor de tantos pobres, sufrientes y menospreciados.

TENGO SED: claman aquellos que, en estos momentos, en nuestro país pasan hambre de verdad; o quienes no tienen el dinero necesario para poder comprar los medicamentos requeridos para su salud; o quienes no consiguen lo conveniente para una vida digna. Ellos reciben el vinagre del indiferentismo de muchos hermanos o la incompetencia de quienes no le dan lo que de verdad se necesita. Es el vinagre amargo que pretende secar y ahogar la voz de los que gritan pidiendo atención.

TENGO SED hacen escuchar con voz trémula y hasta llena de temor los golpeados por la crisis moral que golpea la situación de la humanidad: los niños que mueren abortados, los jóvenes sometidos a las redes de la droga, los hombres y mujeres derrotados por una violencia que asesina o los conduce a la delincuencia, los ancianos olvidados por sus hijos, las mujeres prostituidas o convertidas en mercancía a causa del tráfico de personas, los pobres dejados a la deriva en una sociedad que es capaz de gastarse millones en espectáculos y armamentos, los inmigrantes que se van convirtiendo en números para estadísticas sociológicas… Ellos y otros más obtienen un vinagre amargo mezclado con la morfina de la amoralidad de los que se creen dueños de la sociedad y de la vida humana. Es el vinagre del ansia de poder y de dinero fácil, el vinagre de la pornografía y del narcotráfico, el vinagre de los racionamientos de ideologías que adormecen al ser humano haciéndole ver que, pues “todo vale” no importa lo que se realice aunque perjudique a grandes masas…

TENGO SED: es el clamor de muchos niños, adolescentes y jóvenes atacados por quienes los conducen hacia barrancos mortales a través de las redes sociales; es el grito de tantas familias que sienten el embate de quienes quieren destruirla con propuestas que van contra la ley natural; es lo que hacen sentir tantos hombres y mujeres que, despreciados en su dignidad, son un número más dentro de la sociedad y no los protagonistas de su quehacer; es lo que vive nuestro pueblo frente al abandono a que se le tiene sometido por tantos dirigentes políticos, sociales y religiosos que hace mucho tiempo ni siquiera se siente miembros de ese pueblo

TENGO SED es la palabra angustiada de Cristo que sigue resonando hoy en tantas manifestaciones de dolor causadas por el pecado del mundo. Ello desafía a la Iglesia y a tantos hombres de buena voluntad. No nos toca ir a buscar una esponja para empaparla en el vinagre que reseca la voz del Crucificado. Nos corresponde la tarea de dar agua verdadera. El agua de la misericordia y del amor, lo cual supone estar al lado de quienes la hacen sentir. Es un compromiso real que todo bautizado debe asumir. Hoy es tan fácil conseguirnos con cristianos que justifican su indiferencia: son “los cristianos de sofá” como los denomina Francisco. Los pastores han de ser los primeros en llevar el agua de vida eterna, pero también el agua de la solidaridad y de la justicia, de la paz y de la dignificación de la gente, pues no son funcionarios ni profesionales de lo religioso. Los laicos deben ser los portadores de esa agua en su cotidiano apostolado para acompañar y levantar a los golpeados y dominados por la sed. Los religiosos y las religiosas han de ser también fuente para que llegue el agua que calme la sed del Crucificado manifestada en tantos hermanos nuestros: desde su opción de pobreza ser pobres entre los más pequeños.

TENGO SED. Se acaba la voz pero no la voluntad decidida de llegar hasta el final. Quizás casi no se le escuche lo que tratará de balbucear el Crucificado, Sin embargo, las palabras que dirá minutos más tarde aunque puedan tener sordina, su contenido sí tiene una fuerza decisiva para todos. Serán esas palabras el agua –no vinagre- que definitivamente van a clamar a todo aquel que grite TENGO SED.

EN TUS MANOS, PADRE, ENCOMIENDO MI

ESPIRITU.

1.

Ya casi al final del suplicio, agotado, lleno de soledad y con sentimiento de estar abandonado, su maltrecha garganta quemada por el vinagre absorbido minutos antes, Jesús pronuncia una palabra que es insólita para quien está en el suplicio. La inmensa mayoría de los crucificados reniegan de Dios, gritan ofensas y malas palabras… el Crucificado Jesús no lo hace. Al contrario ahora va a decir algo que puede tranquilizar a muchos: va a entregar su espíritu al Padre. Así demuestra que no lo ha abandonado; así le asegura al buen ladrón que desde ese mismo instante entrará en el Paraíso; así demostrará que el Padre perdonará a quienes no saben lo que hacen. EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU.

Esta palabra es una profesión de comunión entre ambos. Dios Padre lo ha enviado al mundo para cumplir con su promesa de salvación. Dios Padre le ha enviado con la misión que está cumpliendo. El Espíritu le ha acompañado pues lo ha ungido para así poder dar la vista a los ciegos y la liberación a los oprimidos a la vez que proclama su Evangelio entre los pobres. Es el momento de la verdad. Pilatos nunca obtuvo respuesta cuando le preguntó a Jesús “Y ¿qué es la verdad?”. En el fondo porque no iba a entender que la verdad no era un conjunto de argumentaciones o una definición filosófica; sino más bien y ante todo la Persona de Jesús.

Es el momento de la verdad: la revelación del amor trinitario a la humanidad: Dios Padre que recibe la entrega del Hijo hecho hombre; el Espíritu que sostiene a Jesús en esa entrega. Jesús que se presenta ante el Padre como el Sacerdote que pone en sus manos la verdadera víctima, su Persona. Es la hora de la verdad pues ya no hay vuelta atrás. Se termina de revelar el amor extremo del Padre, del cual Jesús había dado testimonio ante Nicodemo: “Tanto ha amado Dios a la humanidad que le envió a su Hijo amado… para salvarla”.

Esta es una palabra por la cual podemos entender todo lo que ha sido dicho antes, desde el momento de la crucifixión; con ella podemos vislumbrar el sentido y el porqué de la total entrega de Jesús. Es la mejor muestra de confianza de Jesús, pero a la vez es la mayor demostración de que ciertamente el Padre ha cumplido las promesas de salvación. EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU. Es el ofertorio definitivo para que el cuerpo que se entrega y la sangre que se derrama sellen la nueva alianza entre Dios y la humanidad. EN TUS MANOS, PADRE, ENCOMIENDO MI ESPIRITU: ya no importa lo que venga, pues sencillamente es la novedad de la vida conseguida con la nueva creación. EN TUS MANOS, PADRE, ENCOMIENDO MI ESPIRITU: viene a enfatizar la enseñanza de Jesús quien dio a conocer al mismo Padre a través de sus dichos y enseñanzas, por medio de sus acciones y milagros, y ahora por medio de su entrega amorosa y redentora.

2.

Esta palabra, además de dar cumplimiento a la voluntad del Padre ilumina el ser y el quehacer de todo discípulo de Jesús. Sólo la pueden pronunciar quienes, con humildad y sencillez, sintiendo la fuerza del Espíritu que unge para la misión, dan a conocer su comunión con Dios y la realización de un decidido testimonio de vida.

EN TUS MANOS PADRE ENCOMIENDO MI ESPIRITU es lo que, con sus acciones y compromisos, demuestran los cristianos practicar el mandamiento del amor. Con ello expresan que en ese amor fraterno son seguidores de Jesús, para amar como bien lo hizo el Señor. Es la mejor forma de ilustrar a los demás el porqué de su trabajo de solidaridad y cercanía para acompañar y alzar a los caídos y menospreciados.

EN TUS MANOS PADRE ENCOMIENDO MI ESPIRITU: es la palabra confiada de todo sacerdote y obispo cuando actúa de verdad en el nombre de Jesús, con la conciencia de estar plenamente configurado a Él; es la expresión de todo laico que, identificado a Cristo, tiene la conciencia de ser ofrenda viva para el Señor y así llevarle todos los gozos y esperanzas, los pecados y dificultades de sus hermanos al Padre; es la sencilla manifestación de los religiosos y religiosas al arriesgarse a ser fermento de salvación en medio de la gente.

EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU: así se manifiesta el ministerio de reconciliación y liberación de nuestra Iglesia. Pues en comunión con el Padre, le ofrece a través de su entrega la vida de la gente, los sufrimientos del pueblo y las esperanzas de toda la humanidad. Previamente se ha identificado con todo ello y las asume. Al presentar esta ofrenda a Dios, no lo hace como si fuera algo parecido a las entregas del correo; al contrario lo hace en nombre de Cristo quien le ha dado la tarea de cooperar en la historia con su servicio redentor.

EN TUS MANOS, PADRE, ENCOMIENDO MI ESPIRITU: al decirlo y realizarlo, la Iglesia se declara siempre a favor de la humanidad. Al encomendarse en las manos del Padre reafirma su respuesta a la llamada a ser luz del mundo para destruir todo lo que suponga oscuridad y tinieblas. Y hoy, en nuestra patria, en nuestra región, en nuestra Diócesis, esta palabra marca el desafío claro de lo que hemos de hacer: estar al lado de nuestra gente para ayudarla, para sacarla de tantas miserias humanas, morales y espirituales. Si no se hace, sencillamente, se estaría realizando una caricatura de Iglesia, nunca querida por Dios. No hacerlo, en el fondo es renunciar a ser Iglesia.

Esta palabra nos garantiza el éxito de la Cruz, aún cuando muchos lo consideran un fracaso, otros una locura y no deja de haber quien la vea como un escándalo. El éxito está en las manos del Padre al recibir el espíritu del donante; éste ha entregado su vida entera para la salvación de la humanidad con todas las implicaciones encerradas en ese acto redentor. Es una palabra que da cumplimiento a una profecía repetida de muchísimas formas desde los inicios de la historia de salvación. PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU.

TODO ESTA CUMPLIDO.

1.

No se puede separar esta palabra de la anterior. Ambas tampoco se pueden separar de las otras anteriores. Meditarlas no se puede reducir a un simple ejercicio de análisis literario. Es la palabra de un Crucificado quien cumple la voluntad de Dios. Esta última palabra, dicha casi sin poder sentirse, al filo de la muerte, es la síntesis no sólo de las otras palabras, sino de toda una promesa, del cumplimiento de la misma y, sobre todo, de la vida y acción de Jesús, el Hijo de Dios, hecho hombre. Como lo indicaría en su oración llena de angustias en el huerto de Getsemaní, para eso había venido: TODO ESTA CUMPLIDO. Ya no hay que inventar nada nuevo, ya no hay que pensar en promesas de salvación, ya no hay que pensar en libertad, ya no hay que pensar en liberación, pues TODO ESTA CUMPLIDO.

En el momento supremo de la muerte del Redentor se oscurece la tierra. Así lo había avizorado el profeta: “Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra y espesa nube a los pueblos” (Is 60, 2).Los israelitas vieron en esa noche oscura de la pascua cómo a los egipcios los vencía el paso del Señor. Ahora en El Calvario, parece haber acabado todo porque llega la noche. Sólo quienes habían recibido el mensaje de la resurrección podían esperar llenos de esperanzas. Otros se regresarían a seguir con sus actividades como si no hubiera pasado nada.

¡Qué curioso! Los israelitas iban a celebrar al rato la pascua rememorando la oscuridad que venció a los egipcios con la muerte de sus primogénitos. Lo iban a hacer recordando la sangre con la que pintaron las jambas de sus puertas y que luego sería símbolo de la alianza que los convertía en pueblo de Dios. ¡Qué curioso! Ahora la nueva oscuridad que se hizo presente en El Calvario y Jerusalén son el anuncio de una luz que habla de salvación; y la sangre derramada, que no les importaba ni a los verdugos ni a quienes habían condenado a Jesús, había sellado la nueva alianza y definitiva.

TODO ESTA CUMPLIDO. Por eso, también se hace realidad lo anunciado por el profeta: “¡Arriba, resplandece, que llega tu luz, y la gloria de Yahvé sobre ti ha amanecido!...sobre ti amanece Yahvé y su gloria sobre ti resplandece” (Is 60,1. 2). Para algo ha servido entregar el espíritu en las manos del Padre: para poder asegurar la luz. Sabemos que este símbolo hace referencia a la salvación. La luz destruye todo tipo de tinieblas. Dentro de unas horas, el resplandor de esa luz será tan fuerte que envolverá a quienes tienen fe para hacerlos hijos del Padre y desterrará a quienes prefieran la oscuridad.

TODO ESTA CUMPLIDO: estamos en el amanecer de una nueva situación para la humanidad. Es como el alba cuando se destellan los primeros resplandores de la luz. No importa que se pase tres días en el sepulcro. Surgirá la luz verdadera pues TODO ESTA CUMPLIDO. Ya el Señor no tendrá que sufrir más. Se manifiesta la gloria de Dios de tal modo que comienza a producir frutos pues quienes lo amen de verdad conseguirán la capacidad de ser hijos suyos (cf. Jn 1,12).

2

TODO ESTA CUMPLIDO. Es la síntesis de la predicación de quien se ha convertido en discípulo misionero de Jesús y se ha hecho miembro de la Iglesia por el bautismo. No se pertenece a la Iglesia como si se tratara de una asociación cualquiera; tampoco se es simpatizante de un tal profeta llamado Jesús, sino discípulo suyo con el cual s uno se puede identificar hasta tener sus mismos y propios sentimientos.

TODO ESTA CUMPLIDO. Es lo que continuamente debemos anunciar los cristianos. No hacerlo es burlarnos del acontecimiento que ha transformado a toda la humanidad y su historia. El Evangelio que anunciamos y con el cual edificamos el Reino no es un manual de historia de Jesús. Es el anuncio alegre y confiado de un proyecto de salvación que se ha iniciado y con el cual estamos comprometidos.

TODO ESTA CUMPLIDO: Es la razón de ser de nuestro acompañamiento de los hermanos, creyentes o no, cercanos y alejados, para invitarlos a unirse a nosotros en el seguimiento de Jesús. Es con ello como podemos invitar a la conversión a quienes se han alejado y han roto con Dios. Es con ello como podemos acercarnos para sanar los corazones afligidos y proteger a los desvalidos. Pues tenemos la seguridad del triunfo de la luz pascual de Cristo.

TODO ESTA CUMPLIDO. Con lo que supone esta palabra, hoy podemos edificar una nueva tierra y un nuevo cielo. Así, podremos denunciar el pecado del mundo y ayudar a salir de él a quienes están encadenados a sus grillos y cadenas. Entonces estaremos demostrando nuestra fe en el Dios del perdón y del amor: pues, lograremos contagiar a tantos hermanos a que vuelvan a sentirse hermanos de todos; no lo haremos con la actitud del hijo mayor de la parábola del padre misericordioso. Lo haremos con lo que le caracterizó a ese padre, que en el fondo es la actitud del mismo Jesús.

TODO ESTA CUMPLIDO. Hoy, en Venezuela, los Obispos y sacerdotes, los laicos y religiosos, hemos de hacerlo sentir. Para ello, además de nuestra cercanía con todos, sin aparecer como una sociedad política ni como un grupo meramente religioso, debemos hacer sentir que somos Iglesia; esto es, el pueblo de Dios que encarna a la Madre amorosa que llena de la ternura de la reconciliación y la caridad a sus hijos para llevarlos a la plenitud. Esta, aunque tenga proyección en la eternidad, comienza a sentirse y experimentarse en nuestros días: con la justicia, la paz, el perdón, la evangelización.

TODO ESTA CUMPLIDO. Palabra que puede ser traducida por una expresión que solemos repetir con harta frecuencia: AMEN. Esta palabra es el AMEN de Cristo a la voluntad del Padre. AMEN que encierra tanto la voluntad de quien quiere la salvación de la humanidad, como la decisión de quien la consiguió al entregar en las manos del Padre toda su existencia. Cada vez que decimos AMEN, en el fondo estamos agradeciendo que alguien en la Cruz supo decir con sus palabras, pero sobre todo con su entrega AMEN. TODO ESTA CUMPLIDO.

CONCLUSION.

Terminamos la meditación-contemplación de las siete palabras de Cristo en la Cruz. Nos ha permitido recorrer sus horas finales en la Cruz, cuando dio el testimonio supremo del amor. Unido a Dios Padre en el Espíritu, unido a la humanidad con la unción del Espíritu, inauguró un nuevo tiempo y una nueva creación. Hemos podido ver cómo estas palabras pueden iluminar la situación en la cual vivimos; y, a la vez, darnos aliento en nuestro compromiso, como bautizados.

Todavía nos queda la vivencia de la pascua en la celebración de la Vigilia y de la Pascua de Resurrección. Nunca podemos separar la pasión y muerte de la resurrección del Señor. Componen una unidad indestructible. Desde la Cena pascual de Jesús para anunciar y sellar la nueva alianza, hasta el resplandor de luz refulgurante y victoriosa de la Resurrección, nos encontramos con el evento que cambió el rumbo de la historia humana.

Para colmo, el Señor nos ha convertido en testigos de su Pascua y de su resurrección, con la seguridad de no equivocarnos, pues “si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”. Como testigos del Resucitado nos hemos de presentar en nuestra Venezuela de hoy para colocar nuestro serio aporte a fin de ir superando la crisis que nos golpea a todos. Ser testigos de la Resurrección es construir el Reino de Dios: desde nuestras familias y comunidades hasta las más complejas instituciones de la sociedad, se debe hacer sentir la fuerza de renovación de la Pascua.

Las siete palabras nos ofrecen un camino: desde la proclamación y ejercicio del perdón hasta la manifestación de una posibilidad de cambio radical al cumplirse el designio de Dios. Esto conlleva preocuparnos por todos para que “hoy” puedan sentir la potencia del evangelio y puedan saberse atendidos por Dios, quien no nos deja solos, al darnos la maternal protección de María y la realización de una fraterna compañía prefigurada en la persona de Juan. Ante el sentimiento de abandono y soledad, ante el vinagre ofrecido para calmar la sed de nuestra gente, hemos de dar a conocer que estamos comprometidos en hacer sentir la fuerza renovadora de Jesús para que se sienta que todo se cumple.

Hoy podemos encontrarnos a muchos que se dejan llevar por el ansia de poder y de dinero; a quienes prefieren romper con la dignidad humana y la ley natural; a quienes optan por la oscuridad. Hoy hallamos muchas realizaciones de oscuridad: ideología que quieren destruir la familia, acciones de discriminación a los más débiles; la edificación de muros en vez de puentes; el endurecimiento de corazones y cerrazones de espíritu que quisieran trastocar el diálogo en simples componendas… hoy, lamentablemente existen cristianos que tapan la luz del Señor con conformismos y falsas actitudes de fe. Por eso es necesario que, a la luz de estas palabras, en comunión con el Cristo de la Pascua seamos ejemplos de conversión.

Así como Jesús encomendó su espíritu en las manos del Padre, asimismo nos ponemos en sus manos para conseguir su gracia y dejar que el Espíritu nos impulse a ser lo que hemos de ser –HIJOS de DIOS- y a hacer lo que nos toca hacer: construir el Reino de Dios.

Para ello contamos con la maternal protección de María, quien nos fue dada como madre desde la Cruz; para ello podemos ser como Juan, quien, .al recibir a María, hizo posible el amor fraterno como identificación de todo discípulo de Jesús. Al ser fieles discípulos de Jesús, estaremos haciendo lo anunciado por el profeta: ¡CONSUELEN, CONSUELEN A MI PUEBLO!

Modificado por última vez en Lunes, 17 Abril 2017 01:18

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