Viernes, 14 Abril 2017 02:09

VIERNES SANTO

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Toda la Liturgia solemne de este día, con sus símbolos y lecturas viene a ser un cumplimiento de la petición de Dios a través del profeta. “¡Consuelen, consuelen a mi pueblo!” El Cordero de Dios está siendo inmolado para la salvación de la humanidad y su sangre derramada para la liberación del pecado. La lectura de la Pasión según San Juan nos brinda detalles del acontecimiento redentor. Cuando Pilatos, le presenta a los que han pedido la muerte de Jesús, lo hace con una expresión que, precisamente, da fuerza al cumplimiento de aquella solicitud de Dios por el profeta: “HE AQUÍ AL HOMBRE”.

La lectura de la Carta a los Hebreos nos explicita de manera clara el contenido de esa expresión. Con ello podemos entender cómo Dios mismo, a través de la entrega de su Hijo por la salvación de los seres humanos, nos ofrece la consolación requerida. Consolación y consuelo no es un sentimiento de lástima. Es, según el lenguaje bíblico, la fuerza que Dios da a quien está debilitada o herida por el pecado. El HOMBRE `presentado por Pilatos es la consolación, la fuerza que reanima a los seres humanos, pues es Dios humanado que ha cargado con todas nuestras miserias para clavarlas en la cruz.

El autor de la Carta a los Hebreos nos lo deja ver: Cristo es el Sumo y Eterno Sacerdote. No sólo ofrece la víctima propiciatoria, sino que Él mismo es la Víctima. “Es capaz de compadecerse de nuestros sufrimientos puesto que ´el mismo ha pasado por las mismas pruebas que nosotros”. Ya ello es una garantía de que de verdad su entrega va a darnos consuelo y por tanto aliento.

Durante su vida mortal ofreció oraciones e hizo el bien. Con ello fue anunciando anticipadamente lo que sería su entrega y las consecuencias de la misma. “El se convirtió en causa de la salvación eterna para todos los que le obedecen”. En la cruz va a manifestarlo. Jesús es la causa de nuestra salvación: es decir, de la libertad verdadera. Ya en el jueves santo había anunciado con su gesto de servicio al lavar los pies a sus discípulos, cómo sí era capaz de dar la vida por los demás. Su entrega no es en vano. Aunque muchos le consideraran un fracasado –lamentablemente hoy todavía hay quienes así lo piensan-, su entrega es productiva al cien por ciento de liberación y salvación. Nace entonces una nueva humanidad. Es una de las consecuencias de esa presentación hecha por Pilatos: “HE AQUÍ AL HOMBRE”. No es cualquier hombre, es el Hijo de Dios, el verdadero Hombre nuevo, que va a terminar de cumplir la voluntad de su Padre Dios y así dar cumplimiento a la profecía: “¡CONSUELEN, CONSUELEN A MI PUEBLO!”.

Todo creyente y discípulo de Jesús debe asumir entonces esa realidad y dejarse consolar por Él. Nos lo advierte el mismo autor de la carta a los Hebreos: “Mantengamos firme la profesión de nuestra fe”. Fe que incluye la adhesión y comunión con el Señor; por tanto, la apertura de la mente y del corazón para poder hacer realidad en cada uno la consolación anunciada por el profeta. Esto requiere de otra actitud: “Acerquémonos, por lo tanto, con plena confianza al trono de la gracia, para recibir misericordia, hallar la gracia y obtener ayuda en el momento oportuno”. Es decir, no sólo se trata de tener una fe, sino de un compromiso de la misma: acercarnos a Dios mismo que nos da el consuelo y nos llena de su gracia para poder conseguir todo lo que se necesita.

Dentro del marco de la misión evangelizadora, nos corresponde a los cristianos anunciar con nuestra palabra y testimonio cómo Jesús es el Redentor y, por ende, el que da el consuelo a todos. Más aún, al estar identificados con Él por el bautismo, nos hemos convertido en portadores de ese consuelo para tantas personas y comunidades que lo requieren.

Hoy el mismo Dios Padre nos pide que nos hagamos eco de las palabras del profeta: “¡CONSUELEN, CONSUELEN A MI PUEBLO!”. Lo hemos de hacer con nuestra caridad y compromiso de misericordia. Al hacerlo estaremos presentando a Jesús como la razón de ser de toda existencia. El, con su entrega y su Evangelio de salvación, nos impulsa a acercarnos a todos los que necesitan de su consolación para sentirla. Es el tiempo de la gracia de Dios en Venezuela y en nuestras comunidades. Es el tiempo para hablarles a todos de que sólo con la fuerza de la cruz de Cristo podremos salir de la oscura noche que atravesamos. No con pietismos, no con devocionismos, no con posturas de falsas esperanzas… sino haciendo sentir que a través de nosotros, el consuelo, la redención y su acción liberadora-pascual se puede y se debe realizar.

Conmemoramos la muerte de Cristo. Para muchos es un escándalo. Para nosotros es la victoria de la cruz sobre la oscuridad del pecado. Hay mucho que seguir haciendo para vencer las tinieblas del pecado del mundo en nuestras comunidades. Al conmemorar la muerte del Señor estamos comprometiéndonos a consolar a nuestro pueblo; a ser agentes de superación, a hacer que el trono de la gracia que está en la cruz produzca frutos concretos en medio de nuestros hermanos. No hacerlo es olvidarnos de que somos discípulos del Maestro. Hacerlo es asociarnos a Él, como de hecho estamos por el bautismo, en la liberación auténtica de todos, para dar el consuelo y la confianza que nacen del amor de Cristo crucificado.

+ Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal

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