Jueves, 13 Abril 2017 02:52

Jueves Santo

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Aún en medio de las situaciones difíciles o críticas, el Señor sale a nuestro encuentro. Las palabras del profeta así lo dejan ver: “Despierta, Sión, despierta, ármate de fuerza”. A lo largo de la historia de la salvación, en todos los momentos, el pueblo de Dios va recibiendo manifestaciones de apoyo y de fortaleza de parte de Dios. Hoy, la primera lectura nos habla de la cena pascual. Esta hacía memoria del evento que cambió la suerte del pueblo esclavizado. Ya con actitud de salida, con las sandalias amarradas al cinto, cada familia comió el banquete de la pascua. Con ello, no sólo celebraba el triunfo del Señor, sino expresaba la fortaleza que recibía de parte del mismo Dios liberador. Desde ese día de pascua liberadora, el pueblo conmemoraba con una cena pascual. Esta simbolizaba y recordaba la perenne presencia de Dios con su pueblo, para darle fuerza.

Los cristianos heredaron esa misma cena ahora con una nueva tradición de la cual nos habla Pablo. Es la tradición de la nueva cena pascual en la que se comparte el cuerpo y la sangre de Cristo: el alimento es el mismo Señor Jesús, quien se entregó por la salvación de la humanidad y derramó su sangre para conseguirlo. La cena pascual nueva, la del Reino inaugurado por Jesús, fue instituido para hacer memoria viva del acontecimiento redentor. De allí que cada vez que se celebra, cada vez que se come el pan eucarístico y la copa con la sangre de la nueva alianza, se anuncia y re-vive la muerte y resurrección de Cristo.

Por otra parte, no podemos dudar que esa celebración, repetida especialmente cada domingo, constituye uno de los ejes centrales, junto con la Palabra de Dios, de la vida de todo creyente. En el alimento eucarístico encontramos la fuerza para despertar y mantenernos en el camino hacia la plenitud. Al rememorar la pascua redentora de Jesús, cada creyente y cada comunidad adquiere el valor para seguir adelante y vencer las dificultades con las que nos vamos encontrando.

Pero no se trata de una mera celebración recordatoria de un evento. Va mucho más allá la fuerza y el contenido de la misma. Al hacer memoria de la muerte y resurrección de Jesús, lo hacemos desde la única manera que el Señor nos pidió como condición para celebrarla: el amor. Por eso, en esta tarde hermosa volvemos a repetir el gesto simbólico del lavatorio de los pies. Es un símbolo y nos recuerda lo que continuamente hemos de realizar en nuestras existencias, en nuestro quehacer cotidiano. Más aún, en la misma oportunidad del lavatorio de los pies, Jesús definió cómo iban a ser identificados sus discípulos: en el amor fraterno. Éste requiere el lavarse los pies los unos a los otros siguiendo el ejemplo del Maestro.

La Iglesia, al conmemorar hoy la institución de la eucaristía –y con ella la del sacerdocio y la del mandamiento nuevo del amor- nos está recordando que el Señor nos acompaña para “armarnos de fuerza”. No una fuerza apuntalada en el ansia de poder o de dinero; sino, más bien, la que da garantía al amor, la caridad fraterna, que nos lleva a compartir todo. De allí la importancia de imitar al Maestro y lavarnos los pies, los unos a los otros. Este gesto se realiza continuamente en el acompañamiento mutuo de todos nosotros; en el perdón, cuando hay que concederlo; en el reconocimiento de que somos hermanos, aun cuando haya diferencias de diversa índole; en el compartir para que nadie tenga necesidad. El Papa Francisco nos ha pedido ser una “Iglesia en salida”: y así, yendo a las periferias existenciales ir donde están los alejados, los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, los que son menospreciados y los que hasta han renegado de Dios.

Vivimos momentos muy duros en nuestra nación y en el mundo entero. Celebrar hoy el jueves santo con todo lo que ello encierra es asumir lo que nos dice el profeta: despertarnos y armarnos de fuerza. Pero no en los términos planteados por el mundo. Despertarnos para reconocer que somos hijos de Dios, que hemos sido salvados por la pascua de Jesús, que somos herederos de la tradición eucarística. Por tanto, que somos herederos de la celebración con la cual no sólo nos alimentamos, sino que adquirimos la fuerza suficiente para alimentar en el espíritu y también en el cuerpo a muchísimos hermanos nuestros.

Somos herederos del gesto de lavar los pies. Es decir, de acoger al hermano `para purificarlo, sostenerlo y hacerlo sentir hijo de Dios. No vamos a lavar los pies sólo a quienes nos caen bien. Lavar los pies incluso a quienes nos puedan odiar: esto es, brindarle la fuerza del amor de Dios presente entre nosotros y que todo lo puede. Será la mejor manera de hacer sentir a los demás que por haber comido el alimento eucarístico, sencillamente, anunciamos la pascua liberadora de Cristo. La eucaristía no la podemos reducir a un precepto. Este nos recuerda el compromiso de realizarla; pero, la eucaristía es la cena de los caminantes y peregrinos: de quienes están en la actitud de ir al encuentro de todos para ofrecerles el amor de Dios.

No hacerlo es mal-entender el significado de la eucaristía, de la cena del Señor, del gesto de lavar los pies…sencillamente es convertir nuestra fe en una manifestación de actos piadosos y llegar a ser, lamentablemente, “cristianos de sofá”, acomodados para tranquilizar nuestras conciencias. Hemos de despertar para ir al encuentro de todos con la fuerza liberadora de Jesús. Así podremos experimentar lo que nos dice el profeta. “¡Qué hermoso es ver llegar por las colinas al que anuncia las buenas noticias, a quien trae noticias de paz!”

Esta hermosa tarde nos recuerda que hemos recibido una tradición con la cual nos fortalecemos y somos capaces de vencer todas las dificultades…pero con el compromiso de nuestra opción y dedicación al amor, el cual nos hace ser reconocidos como los discípulos de Cristo, quien nos dio su cuerpo y su sangre entregados para la salvación de la humanidad.

+ Mario Moronta, Obispo de San Cristóbal

Modificado por última vez en Viernes, 14 Abril 2017 02:18

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