Lunes, 25 Diciembre 2017 15:08

Círculo de Reflexión Bíblica: IV Domingo de Adviento - Ciclo B Destacado

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Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. Envía, Señor tu Espíritu y se renovará la faz de la tierra.

Comentarios  [ 2 Samuel 7 (1-5), (8-12), (14), (16) ]

           Los libros de Samuel narran el origen del reino de Israel. En la formación del reino han tenido un papel principal Samuel, Saúl, David. El momento clave de la tradición sobre David es la profecía de Natán que anuncia la perennidad de la casa real de David. Desde esta promesa los acontecimientos de la casa de David son interpretados como parte del plan de Dios. Los planes del rey coinciden con los de Dios y tienen su aprobación a través de la persona del profeta.

           Hay un cambio dramático en el texto. No es David quien va a hacer grande a Yahvé sino al contrario. Yahvé dará descendencia a la casa de David. Sabemos que esto se cumple después en Jesucristo. Él es “el hijo de David” y descendiente de la casa de David; sólo en el Mesías la casa de David ha recibido la presencia eterna.

           David no llegó a entenderlo. Tampoco nosotros acabamos de entender. Dios es gratis, Dios no busca nuestros regalos ni quiere nuestras recompensas. Y Dios no quiere rivalizar con el hombre. No nos ama porque se lo agradezcamos ni nos regala para que se lo reintegremos. No nos ama porque nos necesite, sino que nos necesita porque nos ama. Tampoco nos ama porque seamos buenos, sino que somos buenos porque nos ama. A Dios sólo podemos pagarle con amor.

           Dios no quiere la casa más grande o el culto más glorioso, o las riquezas y tesoros más abundantes. La gloria de Dios no es que el hombre se exprima, sino que viva. Cuando Dios quiere escoger una casa, no busca templos espléndidos, sino cunas pobres y corazones humildes.

           Por eso, la idea de David de construir un templo magnífico no fue aceptada. Tampoco Salomón lo entendió. Tampoco nosotros terminamos de entenderlo. Es el Dios del éxodo, no de la monarquía. Es el Dios de la vida, no del culto. Es el Dios de la libertad, no el de la institución. Es el Dios del amor, no el del poder. Es Dios, no es un ídolo.

 

Reflexión 

¿Qué diferencia hay entre un ídolo y Dios?

 

Comentarios  [ Romanos 16 (25-27 ]

           Más que un mensaje apostólico de consejos, como acostumbramos leer en las segundas lecturas, este breve texto es una alabanza que al mismo tiempo contiene una declaración que reconoce la grandeza de Dios. Pablo sugiere que lo inmenso de la revelación del misterio de Dios nos había llegado incompleta a través de los patriarcas, los profetas y los escogidos por Dios a través de los textos que encontramos en el Antiguo Testamento. Ahora que Dios se hizo hombre, ha hablado por una boca humana, en la persona de Jesucristo, y su revelación es directa, no a través de intermediarios. Dios mismo ha hablado. Y a partir de ese importante momento, la historia de la humanidad cambia, ya que, según leemos en el prólogo del evangelio de Juan, «...el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros...»

           Con esta fórmula litúrgica (es lo que se acostumbra llamar una “doxología”), Pablo cierra su carta a los romanos, dando alabanzas a Dios por su “plan”. El plan es que todos los pueblos conozcan a Jesucristo, más allá de toda frontera. Y este plan es la Buena Noticia, la gran noticia que debe llegar a todo el mundo, o sea, el Evangelio. Y la Buena Noticia que debemos comunicar es que el Reino de Dios se encuentra entre nosotros, al alcance de quienes se quieran beneficiar de él.

 

Reflexión 

¿En qué nos beneficia el hecho de que el Reino de Dios esté a nuestro alcance?

 

Evangelio  [ Lucas 1 (26-38) ] 

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres.»

 

Comentarios 

           La aparición de Gabriel es muy importante en la escena de la Anunciación. En el libro de Daniel (8,16  y 9,21) se menciona a Gabriel y en el versículo 9:24 se hace un mensaje profético sobre un tiempo de 70 semanas que tendrían que transcurrir antes del establecimiento del reino definitivo.

           En el evangelio de Lucas, el ángel Gabriel aparece primero en Lc 1 (19) en el templo; después, al cabo de seis meses (180 días), a María, Lc 1 (26); nueve meses después (270 días) nace Cristo, y 40 días más tarde hace su entrada en el templo. Pues bien, estas cifras hacen un total de 490 días, es decir, ¡setenta semanas! Eso tal vez explica por qué Lucas en algunos pasajes usa la expresión "Cuando se cumplieron los días..." Lc 1 (23); 2 (6); 2 (22).

           Finalmente se pone la última piedra de la casa prometida por Dios a David. Y se pone la primera piedra del verdadero templo de Dios entre los hombres. El cielo se acerca a la tierra. Y la tierra escogida para levantar este santuario es María, una joven desconocida de Nazaret, un pueblo insignificante. Ahora las promesas hechas a David se cumplen: "El Señor Dios le dará el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin".

           Hablemos ahora de María. Ella no ha sido escogida por ser la más bella o la hija de una persona importante, ni es la presidenta de ninguna asociación benéfica o piadosa. En María, la esclava del Señor, tenemos una verdadera creyente. Al sentirse favorecida del Altísimo, no le responde que la deje pensar más despacio a fin de calcular mejor los riesgos.

           María reproduce el gesto de Abraham, padre de los creyentes, cuando deja su patria para irse hacia lo desconocido. La persona de fe confía en Dios como el bebé en su madre. No busca asegurar una cuenta de ahorros o su plan de retiro para comenzar a trabajar por el Reino de Dios. María-madre es a la vez María-niña, que no pone objeciones. Es la entrega sin buscar recompensa, la servidora a cualquier riesgo. María es humildad sin saberlo ni ensayarlo, que es la forma más perfecta de serlo, asume gozosamente y con naturalidad ser la esclava, la sierva de Dios.

           Un siervo fiel y leal de Dios es necesariamente un pobre en el espíritu. Es aquel que, no considerando nada propio, se muestra agradecido por sus dones y cualidades y se entrega a compartir lo que tiene. Un pobre de Dios, según el Evangelio, es aquel que no se enorgullece de sus buenas obras ni presenta a cada instante la ficha de sus méritos. A nadie condena porque a nadie se atreverá a juzgar con arrogancia; no espera una condecoración por parte de los hombres, ni siquiera un premio por parte de Dios, sino que habiendo cumplido como bueno, al final de la jornada se dice a sí mismo, "siervos inútiles somos, no hicimos sino lo que debíamos”. Lucas 17(10)

 

Diácono José Moronta 

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Modificado por última vez en Lunes, 25 Diciembre 2017 15:08

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