Martes, 21 Noviembre 2017 20:05

Hijos de la Luz y del Día Destacado

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San Pablo le escribe a los Tesalonicenses para animarlos. Se trata de una comunidad cristiana relativamente joven y sometida a persecuciones e incomprensiones. Para que no decaigan, Pablo les escribe en términos muy esperanzadores. En ese mensaje, no sólo les anima, sino que les da la razón para ello. Una de las cosas que les presenta a los fieles de Tesalónica es su nueva condición, conseguida por el bautismo. Ya no pertenecen al mundo de las tinieblas ni de la noche. Han sido rescatados de las garras del pecado y por ello tienen una nueva condición. Son hijos de la Luz y del Día.

El símbolo de la Luz en Pablo hace referencia a la salvación inaugurada por la redención de Cristo. El Día es una figura muy unida a la Luz. Es el símbolo del tiempo en el cual viven los bautizados. La Luz les da la realidad de participar en la salvación y el Día es el nuevo tiempo, transformado también por la nueva creación iniciada por Cristo.

Con este símbolo doble, el cristiano debe tener conciencia de su condición de discípulo de Jesús, quien se ha confesado como luz del mundo. Seguir a Jesús es caminar guiados por el resplandor de la misma salvación, cuyo autor es el Señor. Ese cambio de situación ha sido reflejado en la Carta a los Efesios con una expresión hermosa: “Antes, ustedes estaban en la oscuridad, ahora son luz en el Señor”. Quien ha vivido la experiencia bautismal se ha dejado llenar por la Luz de Cristo. No es un simple reflejo de esa Luz, sino portador de la misma en todo tiempo y lugar; es decir a lo largo del nuevo tiempo, el Día, del cual nos hace mención Pablo.

Quien es Hijo de la Luz y del Día es capaz de arriesgarse por el Reino de Dios. En la parábola denominada de los talentos, sólo se arriesga, como aquellos que negociaron lo recibido para producir frutos, quien es fiel en lo poco, pero que está siempre iluminado por la Luz de Cristo. Así podrá recibir lo mucho como premio. Es decir, quien permanece fielmente en el camino del Día siendo Luz en el Señor, podrá alcanzar la plenitud de esa Luz para la eternidad. En cambio, quien prefiere esconderse en las tinieblas y no arriesgarse a ser Luz desde su propia existencia, está ya condenado a las tinieblas eternas.

Este símbolo nos permite hoy reafirmar nuestra vocación. Ser Luz en el Señor y caminar a pleno Día. El mundo nos ofrece resplandores y candilejas que puedan encandilarnos y hasta cegarnos. No es la verdadera Luz, sino los simulacros de un resplandor de obras falsas y de maldades que, en el fondo terminan conduciendo a la gente hacia la tiniebla de la muerte y del pecado. Entonces, con la sencillez y sabiduría que debe tener todo creyente, se debe optar por la Luz y reflejarla a través del testimonio. No en vano, el Señor Jesús nos enseña que la Luz no es para esconderla sino para colocarla donde haga sentirse su brillo. Ese testimonio de vida es la mejor manera de dar a conocer la Luz que destruye la oscuridad y que permite a todos a seguir caminando en el Día; es decir en el tiempo de la auténtica salvación.

+Mario Moronta R., Obispo de San Cristóbal

Modificado por última vez en Martes, 21 Noviembre 2017 20:05

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